17/6/16

El libro de las Invasiones (IV)

La narrativa de orígenes irlandeses del LGÉ ha sido utilizada y manipulada, no sólo en Irlanda, sino también en la Península Ibérica, en Galicia en particular, y en Inglaterra y Escocia.
En todas estas regiones se ha utilizado para reivindicar un pasado glorioso y afirmar un antiguo derecho a regir, ya sea por el colonizador y su presentación de una demanda preexistente de su posición de dominio, o por los colonizados que buscan la validación histórica de sus demandas de independencia. Se muestra como los mitos de origen pueden ser apropiados, tanto en la definición y promoción de la nacionalidad y la soberanía e independencia, como también en la afirmación del dominio y control sobre un pueblo colonizado.

El LGÉ ha influido claramente en la percepción del anticuario del pasado, o quizás más exactamente, se puede decir que han sido utilizados por los anticuarios, los nacionalistas y los colonizadores para crear una prehistoria que se ajuste a su propio sentido de identidad. El desarrollo, uso, apropiación y manipulación del LGÉ en regiones geográficamente distantes revela el complejo proceso de negociación de significación que hay detrás de la formación y la transmisión de un artefacto cultural, en este caso las leyendas.

En el siglo XX la cultura nacionalista gallega continuó construyéndose encima de estos cimientos “Celtas”, con las Irmandades da Fala y Xeración Nós, a través de sus respectivas publicaciones A Nosa Terra y Nós, destacando los vínculos entre los dos países y subrayando las similitudes entre la situación política irlandesa y la gallega. Vicente Risco propuso que Irlanda y Galicia “son terras .... habitadas po la mesma raza a suxeitas a un imitan te destiño, d’un xeito tal, que somella coma si Deus quixera axuntar a unha coa outra por unha chea de misteriosas relaciós” (Risco, 1921: 19).
Una de estas conexiones misteriosas fueron las similitudes geográficas entre la costa atlántica de Irlanda y Galicia, y Risco presentó un equivalente gallego para cada promontorio, bahía y pueblo costero a lo largo de la costa oeste de Irlanda. También fueron muy empáticos hacia la lucha de Irlanda. Un ejemplo de esto es la edición de la revista Nós que fue dedicada a la historia de la vida y el anuncio de la muerte del alcalde de Cork Terence MacSwiney después de su huelga de hambre.
Un componente principal del programa cultural de los nacionalistas fue la traducción de la literatura al gallego, con el fin de promover el gallego como lengua literaria y enriquecer la literatura nacional. Al traducir el LGÉ fueron capaces de alcanzar estos objetivos y también reforzar la identidad celta de Galicia.
En 1931 Nós publicó secciones del LGÉ que se preocupan de la ocupación de España por los milesianos, los viajes de Míl, y la invasión de Irlanda por sus hijos.
El resto no se tradujo porque no se refieren al pasado de Galicia ni a su ascendencia, y como tal fue superflua a los requerimientos nacionalistas. La cuestión de la veracidad del LGÉ era secundaria para los intelectuales gallegos y más bien su importancia radica en la representación de una versión diferente de la historia de Galicia, versión en la que Galicia fue un participante activo en un pasado antiguo y glorioso. En aquella época la reacción en Galicia al LGÉ fue relativamente limitada, lo que refleja el pequeño número de lectores de la revista.

El mito del origen irlandés fue apropiado y utilizado de diferentes maneras, tanto en Irlanda como en Galicia.
En el caso de Irlanda, la procedencia española en sí misma no era importante, sino que era más lo que podría proporcionar este enlace, incorporación a un mundo bíblico, un linaje glorioso, y la reivindicación de un antiguo derecho para gobernar.
En Galicia la conexión irlandesa resulta esencial por ser capaz de vincularse con otro país celta, y de esa manera diferenciarse aún más de una España bajo el control de Castilla. También se les proporcionó el legado mítico necesario para la promulgación de una nación, basada en un pasado antiguo y glorioso.
Los mitos del origen irlandés no se han utilizado sólo por aquellos que se consideraban objeto de ataques culturales, y las grandes potencias también manipularan la tradición nativa para validar su propia posición como colonizador.
En Topografía Hiberniæ (1188) Giraldus Cambrensis incluye un breve resumen de los primeros asentamientos en Irlanda, refiriéndose a la tradición nativa de las invasiones de Irlanda. Dudando de la veracidad del relato irlandés se presenta una versión alternativa en la que el rey británico, Gurguntius, dio permiso a los Basclenses de España para instalarse en Irlanda. Esta versión alternativa dio a los normandos la justificación histórica para su reciente conquista, a través de la implicación de que el poblamiento de Irlanda era más reciente que el de Gran Bretaña, y también mediante la presentación de los reyes británicos como los propietarios originarios de Irlanda.
La historia de Gurguntius fue mencionada en un relato anterior - Historia regum Britanniæ (1136) de Geoffrey de Monmouth. En ella Monmouth también describe como Arturo, después de casarse con Ginebra, expandió su imperio para incluir Irlanda. Parece que Monmouth también fue inspirado en parte por la tradición irlandesa, nombrando el jefe de las Basclenses como Partoloim, un personaje del LGÉ.
Historiadores en la época de los Tudor también se refirieron a la leyenda de Gatelo en las reclamaciones británicas al trono de Irlanda. En Two bokes of the histories of Ireland (Dos libros de la historia de Irlanda)(1571) Edmund Campion presenta un relato en el que los descendientes de Gatelo viajaron a las islas británicas. Durante su viaje se encontraron con Gurguntius que estaba de vuelta de Dinamarca. Los españoles le pidieron que les proporcionara un territorio a cambio de su lealtad. Gurguntius les concedió Irlanda, con la esperanza de que sometiesen a los irlandeses para él.
Este relato proporcionó el precedente para la exigencia posterior del tributo de los irlandeses bpor el rey Arturo, y también para la conquista normanda actual y las colonizaciones de los Tudor en Irlanda, sobre la base de un derecho anterior a través de Gurguntius.

A view of the present state of Ireland (Una vista del estado actual de Irlanda) (c. 1598) de Edmund Spenser consiste en un diálogo entre dos personajes, Eudoxus e Ireneus. Ireneo acredita la teoría de la ascendencia irlandesa de un Gatelo español, porque la conquista de Irlanda no se menciona en las crónicas españolas (Spenser, 1763:58). En su lugar Ireneo afirma que fueron los británicos quienes conquistaron y colonizaron Irlanda, citando pruebas etimológicas y fuentes clásicas para corroborarlo. Mientras que Spenser específicamente socava la historia de Gatelo, Scota, y Míl, propone que en estos relatos hay algo de verdad “under these Tales you may in a manner see the Truth lurk” (Spenser, 1763: 66), especialmente en relación con la presencia escita y española en Irlanda. Se centra sobre todo en el asentamiento escita, retratándolos como bárbaros, de los cuales el lector podría sacar conclusiones obvias sobre la naturaleza de sus descendientes irlandeses.

Hadfield ha examinado las representaciones del origen irlandés, y se preguntó por qué los historiadores Tudor siguieron utilizando mitos del origen, cuando en el resto de Europa los desacreditan y se mueven con fuentes históricas válidas, concluyendo que se trataba de una cuestión de conveniencia política (Hadfield, 1993:390).
En Expugnatio Hibernica, Cambrensis establece el derecho de la monarquía inglesa sobre Irlanda, basándose en cinco reclamaciones, tanto antiguas como más recientes.
La afirmación de un antiguo derecho para gobernar en Irlanda se basa en la historia de Gurguntius, y de la posterior conquista del rey Arturo después de la sumisión del jefe irlandés Gilomarius. El más fuerte de los reclamos contemporáneos fue la emisión de una bula pontificia, Laudabiliter, que supuestamente otorgó a los reyes ingleses la autoridad sobre Irlanda. Después de la Reforma los historiadores ingleses ya no podían citar a Laudabiliter como una autoridad para el establecimiento de un derecho político sobre Irlanda, y por lo tanto se centraron en las reclamaciones antiguas. Refiriéndose al pasado imperial del rey Arturo, y más atrás a la leyenda de Gurguntius, fueron capaces de contrarrestar las pretensiones papales en la que Irlanda sólo se concedía a Inglaterra a través de la bula papal.

Extracto: Revista de Arqueología antigua.
El Libro de las Invasiones, la creación, utilización y apropiación de un artefacto cultural.Clíodhna Ní Lionáin 
IRCHSS Doctoral Scholar, UCD School of Archaeology

12/6/16

El libro de las Invasiones (III)


Mientras que la herencia española de los gaélicos formó una parte fundamental en la narrativa irlandesa al menos desde el siglo VII, referencias comparables estaban ausentes de la literatura medieval ibérica, por lo menos hasta el siglo XV.
En el siglo XVII elementos de la narrativa del LGÉ se estaban infiltrando en la historiografía española, pero sus personajes y los lugares aún no estaban explícitamente asociados con Galicia. En su lugar escritores gallegos del siglo XVII acudieron al personaje de Gatelo como evidencia de las conexiones irlandesas-ibéricas, o más importante, como la prueba de la dominación prehistórica gallega.
Gatelo era un príncipe griego que viajó primero a Egipto, donde se casó con Scota, la hija del Faraón, y de allí a la costa septentrional de Iberia, donde fundó la ciudad de Brigantia, que algunos historiadores escoceses identificaron con Santiago de Compostela. Desde Brigantia envía a sus hijos Emeco e Ibero a conquistar Irlanda, y la isla toma su nombre de Hibernia / Hiberia de Ibero. Estos Scoti pasaron a ocupar el norte de Gran Bretaña y fundaron otro linaje real, del que descendieron todos los reyes de Escocia.
Gatelo no se menciona en el LGÉ y entra en la historiografía gallega como una figura importada de las crónicas de Escocia, y no como un préstamo directo de la tradición irlandesa (Pereira González, 2005: 295).
Pereira González ha sugerido que Gatelo es una fusión de una serie de personajes del LGÉ - Goidel Glas, Breogán y Mil.

APROPIACIÓN DEL MITO

La apropiación de los elementos de la narrativa irlandesa y la consecuente incorporación de las figuras de Gatelo y Scota a un mito de origen escocés, se llevó a cabo en el contexto de las migraciones irlandesas a Escocia desde el siglo V, el subsiguiente establecimiento de la dinastía de Dal Riada (siglo VI-IX) y la creación del reino de Alba en el siglo IX. El mito de Scota y Gatelo proporcionó al nuevo reino de Escocia una ascendencia prestigiosa desde Grecia y Egipto y una antigua monarquía.
La formación de la narrativa de origen escocés se animó, sin duda, por las disputas angloescocesas sobre la soberanía. En el siglo XIII, Eduardo I reclamó el trono vacante de Escocia, en 1299 el caso fue llevado a la corte de Roma para ser resuelto, con las dos partes presentando versiones contradictorias de la historia escocesa.

El caso inglés fue basado en las leyendas de Geoffrey de Monmouth, en que Bruto el troyano se presenta como el ancestro fundador de Gran Bretaña. Bruto dividió la isla entre sus hijos, concediendo Inglaterra al hijo mayor, Legrus, Gales a Camber, y Albany (Escocia) a Albanctus. Como descendiente de Legrus, el primogénito, Edward, podría reclamar el poder sobre los otros dos reinos. En respuesta, los escoceses argumentaron su descendencia de Scota y Gatelo, representantes de un pueblo mucho más antiguo, que había salido de Egipto antes de la llegada de Bruto a Gran Bretaña.
Gatelo empezó a desaparecer de la historiografía gallega a partir del siglo XVIII, y fue superado en el siglo XIX por la creciente popularidad de la figura de Breogán, un fenómeno relacionado con la subida del Celtismo y el Rexurdimento.
Ya que los intelectuales gallegos buscaron vínculos con otras naciones celtas, la asimilación de los elementos con referencia directa al LGÉ fue cada vez más importante, haciendo que la popularidad de Gatelo disminuyera frente al ascenso de Breogán, un personaje del LGÉ capaz de proporcionar un enlace directo hacia un patrimonio “Celta”.

Desde el siglo XVIII la ascendencia Celta se utilizó como base para las pretensiones nacionalistas de varias regiones del Atlántico, entre ellas Irlanda, Gales, Escocia y Bretaña.
En Galicia no sería hasta el siglo XIX, cuando los nacionalistas comenzaron a hacer reclamaciones similares y José Verea Aguiar fue el primero en sugerir que la moderna población gallega era descendiente directa de los celtas (Pereira González, 2007: 304).
La referencia a un pasado celta y a una historia distinta de la del resto de España jugó un papel importante en el proceso de definición de la nación gallega. Como parte de este proceso, algunos trataron de construir una antigua edad gloriosa de la nación gallega, pero una época gloriosa necesita sus héroes. Así Galicia, carente de una tradición literaria indígena temprana, tuvo que sacar estos personajes míticos del rico repertorio irlandés. Un ejemplo de esto es el personaje de Breogán, una creación literaria irlandesa del LGÉ que sólo se hizo conocido por primera vez en Galicia en el último cuarto del siglo XIX a través de las publicaciones de Benito Vicetto (1865) y Manuel Murguía (1865, 1888) y fue popularizado por el poeta Eduardo Pondal en el poema Queixumes Dos Pinos (De Toro, 1995: 231).
Aunque lo presenta como fundador de Brigantia, y constructor de la torre epónima, Breogán ocupa un papel relativamente secundario en el LGÉ, no es ni un antepasado epónimo fundador, al igual que Goidel, ni un conquistador de Irlanda, al igual que Íth.
En el LGÉ Breogán no tiene ninguna conexión explícita con Galicia, pues la localización de Brigantia nunca fue identificada en él. Sólo fue en época moderna cuando se propuso, por los historiadores escoceses, su ubicación en Galicia (Santiago de Compostela). Quizá fue la correlación de la torre de Breogán, una invención literaria irlandesa, con un punto de referencia físico actual en Galicia (la torre de Hercules), lo que hizo de Breogán una figura más adecuada para la apropiación cultural, en lugar de Míl o sus hijos, que no habían dejado recordatorio físico de su presencia en Galicia.
Como primer rey de Galicia personificó el antiguo derecho a gobernar, y esto junto con sus conexiones con Irlanda, hizo de él un candidato ideal como símbolo para la re-imaginación céltica y atlántica de la identidad gallega.

Extracto: Revista de Arqueología antigua.
El Libro de las Invasiones, la creación, utilización y apropiación de un artefacto cultural.
 

9/6/16

El libro de las Invasiones (II)

En la época Altomedieval, los irlandeses, como el resto de los pueblos recién convertidos al Cristianismo en la Europa occidental, se enfrentaron con el problema del anonimato bíblico, sin ninguna referencia a su existencia en el texto religioso principal –la Biblia– tuvieron que encontrar la manera de crear un lugar para sí mismos dentro de una historia bíblica del mundo (Carey 1993: 2). 
Una serie de obras fueron muy importante en este proceso, la Historiae adversum paganos de Orosio y la Etymologiae de Isidoro fueron particularmente influyentes en el desarrollo del mito del origen irlandés.

Orosio fue un historiador y teólogo cristiano, posiblemente de Braga, que compiló la primera historia del mundo cristiano - Historiarum adversum Paganos Libri Septem (418 d.C.). En ella se afirma que Irlanda está situada entre Gran Bretaña y España, y que España está visible desde la desembocadura del río Scena en el oeste de Irlanda. También describe un faro en Brigantia en Galicia que fue dirigido ad speculam Britanniae. Como nativo de Gallaecia su descripción de la torre de Brigantia, diseñada para vigilar a Gran Bretaña, podría haber sido por su conocimiento de primera mano.
Baumgarten ha investigado por qué Orosio menciona la intervisibilidad entre Irlanda y Brigantia y sugiere que podría reflejar las conexiones actuales del comercio, o que fuera influenciado por una relación percibida entre los brigantes en el sureste de Irlanda y Brigantia, y entre Hibernia e Hiberia, aunque ninguna de estas razones son expresadas explícitamente por Orosio. Su referencia a una torre en Brigantia fue apropiada posteriormente por los compiladores del LGÉ para crear su propia construcción literaria, la torre de Breogán, y de hecho también crear el personaje de Breogán.

Isidoro, arzobispo de Sevilla (murió en 636 d.C.), compiló una enciclopedia de conocimiento universal usando varias fuentes clásicas y religiosas. En sus Etimologías cita a Orosio y su ubicación geográfica de Irlanda entre Gran Bretaña y España, llegando a la conclusión de que Irlanda se conoce como Hibernia debido a su proximidad geográfica a (H)Iberia.
Este análisis etimológico formaba la base para la creencia de que no sólo el nombre del país, sino también los antepasados de los irlandeses vinieron de España. En otras partes de Europa el uso de las obras de Isidoro era escaso antes del siglo VIII, mientras que en Irlanda sus obras ya estaban siendo utilizadas con frecuencia en el siglo VII, lo que refleja los contactos fuertes y probablemente directos entre Irlanda y España en ese momento.
Estas conexiones literarias reflejan la importancia de España en el Cristianismo de Occidente en la transmisión y difusión de los textos religiosos. Un grupo de eruditos ubicados en el sureste de Irlanda, conocidos como los Romani en los textos contemporáneos, parecen haber desempeñado un papel importante en la transmisión de estas obras a Irlanda.

UTILIZACIÓN DE UN MITO

En Irlanda en la época medieval uno de los primeros usos del mito fue la creación de una filiación bíblica. La ubicación del origen irlandés en España parece reflejar los vínculos estrechos académicos y religiosos entre las dos regiones y podría interpretarse como un intento de alinear las historias de ambos países en un momento en que España fue muy influyente en la iglesia cristiana occidental. Al rastrear los orígenes de la mayoría de las familias Gaélicas a los hijos de Míl y vincular los orígenes irlandeses hacia el este (Escitia), el LGÉ también le dio a los irlandeses un linaje antiguo y civilizado.
Después, la genealogía de los descendientes de los hijos de Míl siguió siendo ampliada con la incorporación de más familias, hasta que sólo las familias más pequeñas y menos importantes se encontraron fuera del parentesco milesio. En la época moderna la utilización de leyendas de origen español fue más allá que la de abordar los problemas genealógicos y la reparación de la oscuridad bíblica, y su uso se hizo cada vez más conveniente, tanto política como financieramente.
Una consecuencia de la política irlandesa de los Tudor fue la migración de los miembros de la clase nobiliar gaélica irlandesa, muchos de los cuales buscaron refugio en España.
En el siglo XVI y principios del siglo XVII una serie de expediciones militares fueron organizadas por los exiliados irlandeses. Con frecuencia se hace referencia al mito de Míl en sus peticiones de apoyo español, destacando el supuesto parentesco irlandés-español para proporcionar prioridad y un sentido de obligación a la intervención española. Estas campañas incluyen la expedición de 1579 organizada por Fitzmaurice, la expedición dirigida por Juan Martínez de Recalde, en el año siguiente para apoyar al sucesor de Fitzmaurice, y la expedición de 1601 dirigida por Juan de Aguila, en apoyo a la campaña de Hugh O’Neill y Hugh O’Donnell, que finalmente terminó con la derrota en la batalla de Kinsale, y el subsiguiente exilio de O’Donnell y otros jefes irlandeses en Galicia.
Después de la Batalla de Kinsale, y como resultado de cambios en el panorama político, la monarquía española adoptó una actitud más pacífica hacia Inglaterra, firmando un tratado de paz en 1604. Este alejamiento de la participación militar no dio lugar a una retirada completa de Irlanda, sino más bien a un cambio de énfasis en el apoyo del movimiento de la Contrarreforma en Irlanda y la creación de colegios irlandeses en España para la educación de los jóvenes irlandeses católicos. Además de financiación de su educación en España, nuevos sacerdotes de estos colegios recibieron un viaticum, una contribución real de 100 ducados para sufragar los gastos de su viaje de regreso a Irlanda. Estos colegios también explotan el mito de Míl en la búsqueda de ayuda financiera adicional.
En 1610 el colegio irlandés de Salamanca, en una petición a Felipe III para la concesión de una casa, se refiere a la hospitalidad que los irlandeses han demostrado a los españoles en el pasado (mítico):
Sería hecho digno de la grandeza y piedad de Vuestra Alteza el tomar a su cargo de darnos de su mano una casa pues como ha visto Vuestra Alteza nuestros antepasados dieron a los suyos aun siendo gentiles los unos y los otros no una sino muchas casas, no un rincón sino un Reino entero, no una sino muchas veces, no compelidos ni esforzados sino de su bella gracia y liberalidad preciándose más en dejarse sin nada que quedarse con todo” (Salamanca Archivo en Maynooth, 52/7/19).

A lo largo de los siglos XVII y XVIII la migración de Irlanda a España siguió, con muchos de los exiliados entrando en el servicio militar, algunos de ellos alcanzando posiciones importantes. Estos emigrantes irlandeses continuaron utilizando los mitos de origen del LGE para recordar a la monarquía española sus obligaciones con ellos. Un ejemplo de lo que se puede encontrar en la petición de Don Bernardo O’Neill a Carlos II en 1692.
Nacido en Aughnacloy en Irlanda en torno a 1662, O’Neill sirvió en España en el regimiento del conde de Tyrone, y en 1692 era Sargento Mayor de Santiago de Compostela, el segundo al mando del gobernador del distrito. Nominado como un caballero de la Orden Militar de Santiago, realiza una petición solicitando la asistencia financiera para sufragar los gastos derivados de la caballería. En la petición destaca el servicio de Hugh O’Neill a la corona española y el descenso de los O’Neill de Eremon, hijo de Míl. Cita una serie de autoridades para apoyar su genealogía de Míl y los lazos de sangre entre los irlandeses y los españoles, uno de los cuales fue otro exiliado irlandés, Philip O’Sullivan Beare.
Philip O’Sullivan Beare era el hijo de Dermot O’Sullivan, que se asentó en A Coruña, después de haber llegado allí con el Señor Berehaven después de la Batalla de Kinsale. Era un oficial de la marina española y escribió Historia Catholicae Compendio Iberniae (1621), en que se ocupa de las relaciones entre Irlanda y Galicia, como lo demuestran tanto las leyendas de Míl y la evangelización de Irlanda, se
supone que por Santiago. El libro era una defensa de la reputación de Irlanda y un intento de obtener el apoyo español a la causa irlandesa, presentándolo como una lucha católica contra la herejía. Su libro formaba parte de un cuerpo más grande de escrituras, cuyos autores llevaron a cabo lo que Joseph Leerssen llama “una guerra de propaganda cultural” en un intento de refutar la imagen despectiva de los irlandeses difundida por algunos autores extranjeros.
Esta defensa cultural tiene sus raíces en la comunidad de los exiliados irlandeses del siglo XVI y XVII y su argumentación estaba basada en su religiosidad pasada y presente, y también en la antigüedad de la civilización y la cultura gaélica, incluyendo su pasado prehistórico. En los siglos siguientes este enfoque fue adoptado por algunos anticuarios irlandeses que utilizan el mito de Míl para dar validez a las antigüedades de Irlanda.

Los anticuarios irlandeses que utilizaban los mitos del origen español en la defensa de las antigüedades de Irlanda, en parte lo hicieron en respuesta a la teoría escandinava de la historia primitiva irlandesa. Algunos anticuarios propusieron que muchas de las antigüedades de Irlanda eran de origen danés, como Edward Ledwich, que en su Antiquities of Ireland (1790) afirma una procedencia danesa de las torres redondas y de la tumba megalítica de Newgrange.
Estas teorías parecían validar las colonizaciones históricas de los siglos más recientes como parte de un proceso más amplio en curso de un asentamiento británico de Irlanda. La apropiación escocesa de elementos de la narrativa del LGÉ, y el posterior desarrollo de un mito de origen escocés, que a veces desafió la narrativa irlandesa, también fue fundamental en la postura defensiva de algunos anticuarios irlandeses. Sylvester O’Halloran condenó a los escoceses, que “estaban tratando de robarnos, y arrogarse a sí mismos estos irlandeses eminentes e ilustres”.
Un ejemplo de este “robo” es el anticuario escocés Thomas Dempster, quien propuso que Irlanda era en realidad una colonia de Escocia, y que el nombre latino de Irlanda, Scotia, se refiere a Escocia. Como tal, fue capaz de reclamar para Escocia cualquier santo irlandés o erudito cuyo título incluyese el nombre de Scotus.

Extracto: Revista de Arqueología antigua.
El Libro de las Invasiones, la creación, utilización y apropiación de un artefacto cultural. 

8/6/16

El libro de las Invasiones (I)

El mito del origen irlandés presentado en “Leabhar Gabhála Érenn” (LGÉ) o el Libro de las Invasiones, habla de un pasado ilustre en que los Gaels vienen de lejos a colonizar Irlanda, donde establecieron un linaje real y longevo.
Es relativamente inevitable que la gente de una isla hable de migraciones del exterior para explicar el poblamiento de sus tierras. Sin embargo, mientras que los mitos de origen pueden contener recuerdos de un pasado lejano, y las alusiones a los vínculos marítimos entre Irlanda e Iberia son realmente tentadoras, el LGÉ revela más sobre la cultura contemporánea cristiana de sus compositores que cualquier residuo de narrativas orales prehistóricas.
Este trabajo examina la creación, utilización y apropiación de este mito del origen no sólo en Irlanda, sino también en la Península Ibérica y las Islas Británicas, y también considera el complicado proceso de transmisión y asimilación de la cultura material, en este caso las leyendas.
El manuscrito más antiguo en el que se conserva este texto es el Libro de Leinster del siglo XII pero debe matizarse que el LGÉ debería ser visto como la culminación de una doctrina de los orígenes que se comenzó a formar por lo menos 400 años antes.
Es un cuento seudohistórico que incorpora un mito del origen irlandés dentro de un contexto bíblico mediante la creación de una genealogía compleja que unía a los gaélicos a Jafet y su padre, Noé. El texto explica el poblamiento de Irlanda a través de seis invasiones, la última de las cuales culminó con la derrota de los Tuath Dé Dannan, un pueblo inmortal, por los hijos de Míl, descendientes del escita Fénius Farsaid.

Los colonizadores escitas se habían establecido en España bajo la dirección de Brath, cuyo hijo Breogán fundó la ciudad de Brigantia (A Coruña o Betanzos) donde se construyó una torre tan alta, que sus hijos Bile e Íth fueron capaces de ver Irlanda desde ella, visión que los atrajo. Íth fue elegido para llevar a cabo la misión de reconocimiento inicial pero fue asesinado por los tres reyes de la Tuath Dé Danann. Su cuerpo fue trasladado a España, y su familia juró vengar su muerte. Mil, el nieto de Breogán y sobrino de Íth, murió antes de la invasión y la expedición fue dirigida por sus hijos, incluyendo a Eremon, Eber, Ir, Amairgen y Donn.
Tras la derrota de la Tuath Dé Dannan Irlanda quedó dividida verticalmente, con los hijos de Míl gobernando sobre la tierra, y la Tuatha Dé Dannan por debajo. La genealogía de casi todos los jefes irlandeses posteriores se traza en el texto desde los hijos de Míl hasta la conquista normanda.

CREACIÓN DE UN MITO

El LGÉ consiste en una serie de poemas a los que les siguen resúmenes en prosa, y se basa principalmente en varios largos poemas históricos compuestos por una serie de conocidos poetas irlandeses de los siglos IX al XI. Mientras la recensión incorporada en el Libro de Leinster no podía ser anterior al siglo XI, los elementos del esquema de invasión estaban presentes en fuentes anteriores, como el tratado de gramática Auraicept na nÉces del siglo VII en que se presenta Fénius Farsaid como el inventor de la lengua gaélica, y la Historia Brittonum del siglo IX.

Tradicionalmente atribuido a Nennius, un monje galés, Historia Brittonum (829 a 830 d.C.) es una historia de los británicos que también contiene un relato de la historia primitiva de Irlanda, en particular de los diversos asentamientos de la isla. En este texto encontramos muchos de los elementos del LGÉ ya existentes, aunque se refiere sólo a tres invasiones de Irlanda, la última de las
cuales se atribuyó a tres hijos de un soldado español, en latín, tres filii militis Hispaniae (Carey 2005: 37).
John Carey ha demostrado que el nombre de Míl es una versión gaélica de una frase latina que significa soldado español/ militis Hispaniae, en lugar de ser derivado de un nombre más antiguo pre-cristiano. Si el nombre de Míl es una invención literaria, parece indicar que sus hijos también son creaciones medievales.

Pero si el origen español de los irlandeses es una creación medieval, ¿Por qué los compiladores del LGÉ miraban hacia España en busca de inspiración para su historia de origen?
La orientación ibérica de las leyendas de origen irlandés ha sido interpretada por algunos como la consecuencia de una falta de conocimiento geográfico. “España” podría haber sido un término vagamente aplicado a cualquier ambiguo territorio de ultramar en lugar de a un país específico (Hyde, 1910: 19), o la ignorancia de la ubicación de Irlanda puede haber llevado a la creencia de que los viajes desde España resultaban logísticamente más fáciles
que en la realidad. Este tipo de deconstrucción de la presentación de los orígenes españoles de los irlandeses toma este relato al pie de la letra. Pero si el LGÉ se ve en el contexto de la cultura cristiana de sus compiladores la utilización de una génesis española puede ser menos extraordinaria, reflejando la estrecha relación académica entre Irlanda y España en este momento, un factor esencial en la identificación de Iberia como la cuna de los gaélicos.

Extracto: Revista de Arqueología antigua.
El Libro de las Invasiones, la creación, utilización y apropiación de un artefacto cultural. 

26/5/16

Cartografía de Ptolomeo

Los conocimientos geográficos y cartográficos de la antigüedad griega fueron transmitidos por Ptolomeo en sus tratados de Astronomía y Geografía. De esta manera se conoció la determinación astronómica de las longitudes y latitudes, la esfericidad de la Tierra y una colección de mapas dibujados sobre una superficie plana con varios sistemas de proyección que mostraban la imagen del mundo.
La obra de Ptolomeo se redescubrió en el siglo XV y ejerció una gran influencia en el desarrollo de la Cartografía de los Descubrimientos.
La obra de Ptolomeo revolucionó la Geografía matemática. El método de proyección que permite representar la tierra en un plano confluye con el descubrimiento de la perspectiva en la pintura y con una nueva concepción espacial, que es característica del Renacimiento.
La información de sus mapas estuvo al alcance de navegantes, cosmógrafos, nobles y altos magnates desde el primer tercio del siglo XV, especialmente a partir de los primeros incunables que ven la luz en las imprentas italianas (Bolonia, Vicenza y Roma) y en la alemana de Ulm. Por eso los mapamundis que anteceden a los viajes colombinos ofrecen una imagen del Viejo Mundo con acusada influencia Ptolemaica: el de Henricus Martellus Germanus, el de Fra Mauro, la carta de Toscanelli, el globo de Martín Behaim y la carta que hizo el propio Colón. La obra de Ptolomeo tuvo que ejercer gran influencia en la gestación del plan colombino.

Hernando Colón, en la biografía que escribió sobre su padre dice lo siguiente: «las causas que movieron al Almirante al descubrimiento de las Indias, digo que fueron tres a saber: fundamentos naturales, la autoridad de los escritores y los indicios de los navegantes».
Los fundamentos naturales los encontró en Ptolomeo, Marino de Tiro, Estrabón y Alfragrano; la segunda, en los escritos de Aristóteles, Séneca, Estrabón, Plinio y Marco Polo y del maestro Paolo, físico; y la tercera fueron los indicios de tierra más allá del Atlántico.
En este sentido, además de otras muchas razones de peso que han ido investigando los historiadores colombinos a lo largo de los años, hay que considerar el crédito que tenía Ptolomeo en esos años en que circularon por Europa tantos códices y algunos incunables.
En definitiva, Colón fundamentó sus argumentos en unos mapamundis que tenían prestigio y se basaban en Ptolomeo. A ellos se sumarían también los viajes que se habían hecho por mar y las riquezas que se podrían obtener en el nuevo viaje descubridor.

Consultando en la bibliografía colombina las referencias e indicios sobre la Geografía de Ptolomeo en el proyecto de Colón. Han sido de gran utilidad las biografías sobre Colón, el itinerario de los cuatro viajes, y las ediciones facsímiles y estudios de los principales libros de Colón: Imago Mundi, Historia natural de Plinio, Historia rerum ubique gestarum de Pío II, el libro de viajes de Marco Polo etc. También el estudio de Molina dedicado a «Fray Hernando de Talavera y Colón», en el que examina el papel desempeñado por el confesor de la reina, fray Hernando de Talavera en la decisión final de los monarcas.
El propio Colón cita a Ptolomeo en las relaciones del tercero y cuarto viajes para desmentir algunas cuestiones. Andrés Bernáldez, que le conoció personalmente y le dio alojamiento en su casa en 1496, en las Memorias del reinado de los Reyes Católicos escribe que Colón «sentió, por lo que en Ptolomeo leyó e por otros libros e por su delgadez, cómo e en qué manera el mundo este (…) está fixo entre la esfera de los cielos». Según Antonio Ballesteros, la opinión del cronista se había cumplido porque «Colón poseía un ejemplar de la Geografía del escritor alejandrino, edición de Roma del año 1478» y añade: «Este volumen solo conserva de mano del descubridor su firma y la cita de un versículo de salmos».

Salvador Miguel, en su estudio sobre los libros de Colón, siguiendo una hipótesis defendida por Juan Gil (1986). Sin embargo, en el año de conmemoración de la muerte de Colón (2006), el incunable de la Real Academia de la Historia con el exlibris de Colón se mostró como auténtico, junto a unas cartas autógrafas de Colón con similar anagrama y rúbrica, en la exposición sobre Colón en Andalucía.
Lo que ocurre es que este incunable llegó a manos del almirante diez años después de producirse el Descubrimiento, hacia 1501-1502, porque primero perteneció al cardenal Piccolomini (1460-1503), el papa Pío III, cuyas armas están pintadas en el folio segundo. Es uno de los tesoros bibliográficos y cartográficos de la Real Academia de la Historia.
Aunque no sea el ejemplar que Colón leyó antes del Descubrimiento, no hay que quitarle valor porque indudablemente demuestra que debió consultar otro de los muchos códices que circularon por España o incluso poseer alguno impreso de las ediciones de Bolonia (1477), Roma (1478, 1490) o Ulm (1482, 1486), antes de iniciar su primer viaje en 1492. Además, durante su etapa portuguesa (1480- 1485) pudo llegar a sus manos algún Ptolomeo de la biblioteca de su suegro.
Examinando el itinerario de Colón para comprobar si pudo conocer alguno de los códices de la Geografía de Ptolomeo documentados en España: el de la Biblioteca Nacional, el de la Biblioteca Universitaria de Valencia de Alfonso V de Nápoles y el de la Universidad de Salamanca del cardenal Juan de Margarit y Pau.
Varela Marcos había apuntado que, durante su estancia en Salamanca, Colón «aprovecharía para cimentar sus ideas y aprender de las ricas fuentes científicas que se guardaban en esta universidad, entre otros el Ptolomeo de 1456». Sin embargo, en esos años, el códice de la Geografía no pertenecía todavía a la Universidad de Salamanca, pero posiblemente estaba en poder del rey Fernando. En esa Universidad ingresaría mucho más tarde, quizá hacia 1537, con los demás libros de la Biblioteca del Colegio Mayor de Cuenca en Salamanca.
En efecto, junto al escudo de armas del cardenal Juan de Margarit y Pau, su primer propietario, se encuentra un ex-libris de esa Biblioteca fundada en 1500 por Diego Ramírez de Villaescusa, que fue un apasionado de los libros. Estas noticias sobre su paradero las dio a conocer Sanz Hermida, al estudiar el mapa de España moderno del códice. En su opinión, los libros de la biblioteca particular de Ramírez de Villaescusa pudieron ingresar en el Colegio y, entre ellos, quizá se «encontrase este Ptolomeo, que bien pudo llegar a sus manos en algún momento de la agitada vida que llevó en la corte de los Reyes». La fecha de su muerte, en 1537, es un dato importante para saber cuando pudo pasar el manuscrito al Colegio.
Diego Ramírez de Villaescusa fue alumno, bachiller y catedrático en la Universidad de Salamanca. Se ordenó sacerdote en Jaén, donde los estudios de varios autores sobre la personalidad y biografía del primer propietario, el humanista Juan de Margarit y Pau (Gerona 1422-Roma 1484), nos pueden dar luz para plantear como hipótesis que Colón hubiese conocido el códice en esa corte, antes de emprender el primer viaje.

Margarit, ha sido considerado el máximo representante de la historiografía humanística de la Corona de Aragón durante el siglo XV, en estrecha relación con el humanismo italiano. Se doctoró en Derecho en la Universidad de Bolonia y pasó unos años en Nápoles en la corte de Alfonso V, sirviendo en funciones de iglesia y misiones diplomáticas al servicio de los reyes de Aragón. Después, entre 1448-1453, se trasladó a Roma a la corte pontificia de Nicolás V (1447-1455). Entre 1453-1462 desempeñó el obispado de Elna (Rosellón) y ese último año el de Gerona.
Los monarcas de Aragón le encomendaron nuevas misiones diplomáticas en Italia, lo que le permitió entrar en contacto con algunos humanistas y con los papas Calixto III (1455-1458) y Pío II, el historiador Eneas Silvio Piccolomini, (1458-1464), tío de Francesco Todeschini Piccolomini, el primer propietario del Ptolomeo de la Real Academia de la Historia, que luego pasaría a manos de Colón.
La Geografía de Ptolomeo de Margarit se relaciona con los códices del taller florentino de Massaio y Comminelli de mediados de siglo. Como ellos, el mapamundi presenta proyección cónica y los mapas regionales ptolemaicos proyección plana. Se terminó en 1456, según se lee en el colofón del folio 117r, cuando Margarit desempeñaba el obispado de Elna (Rosellón).

Margarit empezó a escribir en Italia la obra Paraliponemon Hispaniae. En ella muestra su deseo de «contar lo que habían omitido otras historias de Hispania». Está destinada a un público culto: los humanistas y prelados italianos. Quería demostrar que Hispania «No era cosa de godos sino que había conocido una historia antigua, tan rica en acontecimientos trascendentales como la de Italia y frecuentemente enlazada con ésta».
En el libro primero hace frecuentes citas a Ptolomeo haciendo uso de la traducción de Jacobo Angelo da Scarpería. Esta versión es la que ofrecen los códices que hemos comentado de la Geografía salidos de los talleres italianos. Trabaja la geografía con una buena metodología usando fuentes de primera mano para corregir la imagen de la tierra. Mejora las medidas de Estrabón a partir de las que tomó de una carta náutica.

Extracto de: “La cartografía Ptolemaica, precedente científico de la llegada a tierra firme” Carmen Manso Porto.

22/5/16

Mitos Griegos

La religión griega arcaica carece de escritos que contengan algún tipo de revelación divina tal como aparece en los Vedas de la India o en las Sagradas Escrituras de los hebreos y los cristianos, o en el Corán. Por lo tanto, la religión del entorno griego más primitivo, y la del posterior, no es una "religión del libro".
Los griegos expresaron sus creencias a través de las narraciones transmitidas primero oralmente y después por escrito, y conocidas bajo el nombre de mitos. La mitología griega forma un complejo entramado de narraciones, a veces aparentemente contradictorias, que reflejan este universo divino politeísta.

Con la asimilación de la escritura fonética Fenicia en el siglo VIII antes de nuestra era, se recupera la palabra escrita que se había perdido después de la desaparición del mundo micénico. El mito, del que se tiene constancia incluso desde épocas anteriores a la arcaica, floreció en el canto épico, la poesía lírica y la coral, los himnos, y más tarde en las tragedias, las comedias y con un uso diferente, la filosofía. En consecuencia, no se puede hacer una distinción tajante entre religión y literatura o narración.

Entre los griegos primitivos, los dioses cumplían unas determinadas funciones y tenían una esfera de acción que incluso hoy se refleja en los adjetivos que acompañan a cada uno de los nombres divinos.
En el culto se expresaba la función de un dios mediante la invocación de atributos que acompañaban a su nombre. Estos atributos podían ser de tipo toponímico, descriptivo, geográfico, y otros, y variaban en función del dominio en que se esperaba la intervención divina. Así había un Zeus dios de la lluvia, y un Zeus guardián de la ciudad, o un Zeus de todos los griegos.
El dominio de cada una de las divinidades estaba perfectamente delimitado, aunque en cada esfera de acción podían intervenir simultáneamente varias divinidades.
En Grecia se rendía culto a dos figuras: a los dioses y a los héroes, mortales que con frecuencia eran hijos de dioses. El culto podía constar de diversas actuaciones, como el rezo, las libaciones, las ofrendas y el sacrificio.
El sacrificio era el acto más importante del culto. Era una muestra de la devoción porque con él se buscaba contentar a la divinidad. Solía tratarse de animales que se sacrificaban y constituían un banquete compartido con la divinidad, ya que los hombres comían la carne del animal ofrecido. En casos excepcionales también se practicaban sacrificios humanos.

La mitología griega más remota recreó su propia imagen del mundo que se basaba en un sustrato verídico en el que se inserían los diferentes personajes y escenas míticas creando lo que se llama una imagen geográfico-mítica del mundo habitado.
Esta imagen fue representada en mapas que evolucionaron a medida que los griegos iban conociendo más territorios y perfeccionaban sus conocimientos astronómicos. En general los límites de este mundo se solían poblar de seres extraños con costumbres extravagantes.
Como siempre sucede en los mitos, una realidad conocida iba acompañada de una realidad inventada, fruto en este caso del encuentro con lo desconocido propio de pueblos tan diferentes del griego.

La mitología refleja una imagen del mundo vertical y otra horizontal.
Los límites de la "geografía horizontal", que correspondería a nuestro concepto actual de "geografía", fueron variando a medida que los griegos iban fundando nuevas colonias por el Mediterráneo. El mundo de los antiguos griegos era principalmente el Mediterráneo, más allá del cual estaban las tierras incógnitas.
Dos personajes míticos, dos hermanos, marcaban los límites oriental y occidental: Atlas sostenía la bóveda celeste en el occidente (correspondiendo al actual Estrecho de Gibraltar) y Prometeo estaba encadenado a las rocas del Cáucaso, en Oriente.
La "geografía vertical" correspondía a una imagen tripartita del universo en cielo, tierra y submundo o Tártaro más allá del cual estaba el Caos infinito. Estas dos geografías estaban contenidas en un mar que todo lo circundaba, Océano. Es en estos niveles cósmicos donde encontramos a las diferentes divinidades de la mitología griega.

Extracto: “Historia de las religiones del mundo”.

19/5/16

Lenguas Indoeuropeas

Todas las naciones comparten tradiciones del Edén, de la Caída, del Diluvio, de la construcción de la Torre de Babel y de la Confusión de las Lenguas. Pero después de esto parece haberse establecido una separación y haberse dejado de compartir. Está claro que la Escritura registra aquí algo que afectó profundamente a la historia humana.

Se suscitan ciertas cuestiones que se pueden resumir como sigue:
1.¿Hay alguna evidencia de que la humanidad compartiese una misma lengua dentro de los últimos pocos miles de años, como se deduce claramente de la redacción de Génesis 11:1 ?
2. Si durante varios miles de años desde Adán a Noé, la humanidad estuvo hablando una lengua, ¿tenemos alguna forma de determinar, bien mediante las Escrituras o por otros datos de qué lengua se trataba?
3. ¿Existe alguna indicación de que la confusión a la que se refiere Génesis tuviese lugar de forma repentina, en contraste a lo que parece ser más o menos la tendencia normal de las lenguas a divergir entre sí con el paso del tiempo?
4. Si existe esta evidencia, ¿arroja la misma alguna luz acerca de la naturaleza de la confusión que tuvo lugar?

Porque la confusión hubiera podido surgir de dos formas claramente diferentes:
Un grupo humano podría estar todavía hablando la misma lengua y usando las mismas formas léxicas, pero podría haber comenzado repentinamente a atribuir diferentes significados a las palabras que usaban, por ejemplo, cuando el químico analista moderno habla de una celda en espectrometría, se refiere a algo muy diferente a lo que contempla un carcelero cuando usa esta misma palabra. En tal caso, la palabra misma persiste para ambos, pero cada uno le atribuye un sentido diferente; en este sentido, la “confusión” aparece en la mente, no en la lengua.
La otra alternativa es que individualmente las personas siguiesen pensando en las mismas cosas, por ejemplo, en la abertura en una pared, pero que uno comenzase a llamarla una finestra y otro a window. Excepto que cada uno conociera la lengua del otro, su conversación quedaría interrumpida y con ello llegaría a su fin el esfuerzo cooperativo. En este caso no se trata de una confusión de la mente, sino de la lengua.
En resumen, ¿qué es lo que sucedió, o es que sucedieron ambas cosas?, ¿Y quedó involucrada toda la raza humana, o solo un segmento de la misma?.
Hace muchos años que Hervas, un jesuita español, escribió un famoso Catálogo de Lenguajes, que se publicó en seis volúmenes en el año 1800. Demuestra en el mismo con una lista comparativa de desinencias y conjugaciones que el hebreo, caldeo, siríaco, árabe, etiópico y amárico son solo dialectos de una lengua original, y que forman una familia lingüística, el semítico. También percibió claras trazas de afinidades entre el húngaro, el lapón y el finés, tres dialectos que parecen ahora pertenecer al grupo camita. Pero uno de sus más brillantes descubrimientos fue establecer la familia de habla malaya y polinesia que se extendía desde la isla de Madagascar al este de África, a lo largo de 208 grados de longitud, hasta la Isla de Pascua. Muchos años después Humboldt llegó exactamente a la misma conclusión.

En el antiguo Egipto parece haber un caso de vinculación entre el grupo camita y la familia semita. Tal como lo expresa Vere Gordon Childe:
«Muchos filólogos consideran la lengua egipcia como un habla compuesta o híbrida en la que una línea semítica emparentada con el asirio o hebreo ha sido injertada en un tronco camita africano como el que queda representado en una forma más pura, por ejemplo, en el berebere... En cambio, Junker explicaría las analogías semíticas en el egipcio por la suposición de que el semítico y el camítico tuvieron un origen común.
Childe va más allá y sugiere una relación entre los lenguajes de Egipto y Sumer:
«La misma escritura jeroglífica, aunque sus elementos se componen de plantas y animales puramente nilóticos, concuerda de una forma tan notable con la babilónica en su curiosa combinación de signos fonéticos con ideogramas y determinantes, que ambos sistemas deben tener alguna interrelación.»
Una relación todavía más notable fue la observada por A. H. Sayce, que dice:
«Se han realizado intentos para mostrar la relación del sumerio con el lenguaje de China, y que entre los primeros emigrantes chinos a la “Tierra de las Flores” y los habitantes pre-semitas de Caldea había una relación lingüística además de racial.»
Hay incluso evidencia para apoyar la postura de que se revelan vínculos entre los lenguajes semíticos y jaféticos mediante un cuidadoso estudio del hebreo, aunque por razones que no vienen al caso, la idea de derivar lenguas jaféticas de algo parecido al hebreo ha quedado descartada.

En 1890 Benjamin Davies publicó un conocido léxico hebreo y caldeo basado fundamentalmente en el trabajo de Gesenius, en el que presenta mucho que de cierto indica una relación así. En su léxico quizá cada cuarta o quinta palabra raíz hebrea se traduce al inglés y luego va acompañada de una lista de palabras de otros lenguajes indoeuropeos que parecen tan claramente emparentadas que uno se pregunta por qué otros eruditos no han seguido las indicaciones que proporciona.
La mayor parte de los modernos lingüistas, cristianos o no, tienden a rechazar toda idea así. Pero el estudio de la obra de Davies parece demandar que expliquen cómo pueden existir estos paralelismos, no meramente para algunas pocas palabras posiblemente tomadas de prestado, sino para una inmensa cantidad de palabras que son fundamentales para cualquier vocabulario: numerales, relaciones personales, objetos domésticos, cosas de importancia primordial e inmediata para la supervivencia o el bienestar personales, etc.

Parece evidente que si el Lenguaje A está relacionado con el Lenguaje B, y que a su vez se puede demostrar que el Lenguaje B está relacionado con el Lenguaje C, entonces el Lenguaje A tiene que considerarse necesariamente relacionado con el Lenguaje C. Esto parece tan evidente que apenas es necesario enunciarlo. Como ya se ha visto, se reconocen las relaciones entre lenguas camíticas y semíticas, y entre semíticas y jaféticas, y sin embargo se da una tácita negación de cualquier posibilidad de que el camítico pudiera estar relacionado con el jafético, o en otras palabras, que todas las lenguas estén relacionadas; A, B y C.
Así, J. H. Greenberg afirmó, en un artículo presentado ante un simposio:
«La relación genética entre los lenguajes es, en terminología lógica, transitiva. Por relación “transitiva” se significa una relación tal que, si es válida entre A y B, y entre B y C, tiene que ser válida también entre A y C.»
J. B. S. Haldane, escribiendo en The Rationalist Annual (y difícilmente podría nadie acusar ni al autor ni al editor de una postura favorable al cristianismo) hizo esta declaración:
«Los lenguajes actuales son muy diferentes entre sí, pero diversos recientes investigadores han encontrado semejanzas entre lenguajes de familias completamente diferentes. Rae y Paget en Inglaterra y Johannesson en Islandia... y Marr en la Unión Soviética han afirmado haber seguido los linajes de muchos lenguajes diferentes a una fuente común…Los investigadores han descubierto vinculaciones entre lenguajes totalmente de semejantes, como el grupo ario, el grupo semítico, el chino y el polinesio.»
Entre los miembros de la familia semita es relativamente fácil establecer una unidad esencial para su forma original de habla. Aunque la familia indoeuropea de lenguajes ha divergido algo más extensamente a partir de su supuesto original que la semítica, sin embargo constituyen con toda claridad una sola familia.
J. L. Myers observó:
«Aunque los lenguajes indoeuropeos difieren mucho más entre sí que incluso los más separados del grupo semítico, todos ellos poseen un tipo reconocible de estructura gramatical y un pequeño fondo de palabras común a todas ellas, para los numerales, las relaciones familiares, las partes del cuerpo, ciertos animales y plantas, etc., en base a lo cual se sigue creyendo en general, a pesar de mucha experiencia desalentadora en el detalle, que es posible descubrir algo de las condiciones de vida donde se habló un antecesor común de todos estos lenguajes.»

Fuente: “La confusión de las lenguas” Arthur C. Custance. Traducción: Santiago Escuain.

8/5/16

Iberia Caucásica

En algunas crónicas medievales de la región de Armenia se conservan noticias curiosas. Una de ellas es la que expone el deseo de una serie de nobles del reino de visitar algún día “a sus hermanos los íberos del oeste”.
La conocida y estrecha relación existente entre las lenguas caucásicas y algunas lenguas de la Península Ibérica como el Euskera, y del norte de África donde habitan los Bereberes, debería ser puesta en relación con otros paralelismos históricos y culturales que se dan entre puntos tan distantes.
Los antiguos reinos íberos de oriente son mencionados con ese nombre por los historiadores clásicos. Existe en Armenia el río Aras, que es uno de los ejes de la civilización íbera de oriente. En el cauce medio del río Aras se levanta el monte Ararat donde los hebreos dicen fue enterrado Noé. Y existe también un monte Aras en España, en cuyo interior los judíos españoles de Lucena aseguraban que estaba enterrado Noé.

Existe un Eber, patriarca histórico de los hebreos y un río Hevrón en el extremo Mediterráneo oriental; y existe un río Ebro y un pueblo íbero en España, en el otro extremo. Existe Siberia, y una escritura ibérica antiquísima, simbólica, basada en signos casi mágicos como son las runas danesas, que se escribía de derecha a izquierda y que era silábica; existe ese mismo tipo de escritura entre los hebreos, con la misma conformación mágico-simbólica del signo escrito y de la palabra, y nadie dice nada.
Existe un pueblo ario en la Península, que ha dejado su nombre escrito incluso en las monedas de una época tan tardía como la romana; y existe una nación aria, un conglomerado de pueblos que se llamaron arios, que se establecieron sobre la cuenca media del Danubio hacia el 5.000 a.C. y que hacia el 3.500 está precisamente en la región del Caúcaso y en Armenia… Y nadie lo ha relacionado. Nadie que modernamente parezca haber visto esas monedas ha dicho nada.
Esos mismos arios o Aryana del reino de Armenia, de Urartu, levantan templos a la diosa Ana o Nanna (o los destruyen), e “inventan” religiones con dioses tan resonantes como Mitra, Varuna o Sintra que en muchas ocasiones tienen sus prototipos occidentales (ver la fortaleza de Sintra en Portugal).
Más prosaicamente, el reino de Armenia tiene por escudo dos leones rampantes, lo mismo que el escudo del antiguo reino de León en España; y el citado Mitra tiene en las leyendas por acompañante un negro cuervo, que es el símbolo de Lug, (Lugo) antiquísimo dios de Luz occidental.
En la wikipedia inglesa se dice que los íberos de Armenia son arqueológicamente conocidos como Kura-Araxes o Kura-Aras, y que esta es la civilización material cuyos restos se encuentran en el estrato inmediatamente anterior a la presencia en la zona de un pueblo de Israel (antes de su entrada en Egipto) y que presumiblemente, les dio origen. La esposa de Abraham se llamaba Sara, el nombre Sara se conoce como “princesa” en ambos extremos del Mediterráneo, etc. etc…

Cuando vemos cómo la guerra maltrata a chechenos, georgianos o armenios, pocos en este país saben qué pasa y quiénes son los descendientes y ascendientes de esos pueblos, y el resto somos absolutamente indiferentes, ni nos revela signo alguno de identidad, ni cultural, ni genética, ni afectiva, ni de ningún tipo. Los pueblos del Caúcaso nos son desconocidos, por más que la antigüedad los llamase íberos. Ese tipo de cuestiones no entra en los planes de estudio. El sentimiento de querer cruzar medio mundo para conocer de primera mano a nuestro espejo, aquello que somos nosotros mismos pero en una región muy distante, ese sentimiento que estaba vivo en la Edad Media hoy se ha perdido.
Y la destrucción de los templos de Anahita en Kanwavar, y de los restos de esa civilización íbera tan antigua, la memoria de nuestro propio itinerario vital, los matices de nuestra propia lengua tal y como fue hablada en el pasado, todo eso se intenta borrar y se borra sin que nadie levante un dedo. Los judíos de América no movieron un dedo por los judíos europeos, y nosotros no nos alteramos un ápice por la situación de los íberos orientales.

En el estudio “Los términos “Iberia” e “iberos” en las fuentes grecolatinas: estudio acerca de su origen y ámbito de aplicación”, de Adolfo J. Domínguez Monedero, encontramos el siguiente párrafo:
Creo que no puede comprenderse el concepto de Iberia, aplicado a la Península Ibérica (a la totalidad o a una parte, como ya discutiremos posteriormente), sin referencia, como viene siendo frecuente, a los iberos y a la Iberia orientales. Efectivamente, dos son las «Iberias» que en el mundo antiguo se conocen: una de ellas, la oriental, ha sido considerada sistemáticamente por los historiadores como sin ninguna relación, salvo la casualidad de sus nombres (Schulten, 1952, 311) con la Península Ibérica. Sin embargo, las fuentes y su interpretación tienen algo que decir al respecto. Creo que la solución nos la aporta uno de nuestros mejores informadores acerca del mundo antiguo, que no es otro que Estrabón, cuando nos dice (XI, 2, 19) que es probable que los iberos del Ponto y los iberos occidentales sean «homónimos» a causa de la existencia de minas de oro entre ambos. Schulten (1952, 310) cree que debe tratarse de una interpolación, y García Bellido (1968, 247) dice que se trata de una «curiosa hipótesis, fuera de toda razón».”

Las fuentes antiguas confirman una Iberia que ocupaba la parte oriental de la actual Georgia. Por lo visto, fueron los griegos quienes bautizaron a las dos Iberias, lugares que consideraban míticos por encontrarse en los dos extremos del mundo conocido. Varios autores de la Antigüedad y la Edad Media sostuvieron esta idea, aunque difirieron en relación con el problema del lugar inicial de su orígen. La teoría parece que se hizo popular en la Georgia medieval. El prominente escritor religioso georgiano, Giorgi Mthatzmindeli (1009-1065) escribió sobre el deseo de algunos nobles georgianos de viajar a la Península Ibérica y visitar los “georgianos del oeste”, como así los citaba.

Juan Valera escribió en La Ilustración Española y Americana, nº 2 de 15 de enero de 1880, un artículo bastante literario y nada científico:
Desde la falda del Cáucaso, dilatándose al Mediodía hasta el monte Ararat, en cuya nevada cumbre se posó el arca de Noé, habitaban y habitan aún diversas tribus, gentes o naciones, apellidadas caucásicas; casta de hombres valientes, robustos y hermosísimos, cuales son hoy los circasianos, georgianos y mingrelianos, en los tiempos a que nos referimos designados con nombres diversos. Al Oriente, en las riberas del Caspio, vivían los albaneses, y más al Sur los cadusios; al Occidente, orillas del Ponto, habitaban los colquios, famosos por Medea la hechicera y por el áureo vellocino, y más al Occidente los calibes, diestros forjadores del hierro, y los de Tibar, tan envidiados por su oro. En el centro de estas naciones, y como defendiendo las puertas caucasianas contra las invasiones de los escitas, se hallaban los iberos, de quienes sin duda proceden los primitivos españoles, que se llamaron iberos también.”
Continúa exponiendo su acuerdo con la hipótesis del Padre Fidel Fita, que sostenía que los iberos españoles procedían de los caucásicos, siendo el euskera y el georgiano lenguas emparentadas. Y añade:
Refieren las crónicas georgianas, mandadas redactar y publicar por el rey Wagtang, que después de la dispersión de las gentes, fue a poblar la Georgia o Iberia el gigantesco patriarca Togorma, hijo de Gomer y nieto de Jafet. Otros quieren que fuese Túbal, hijo de Jafet, quien pobló o colonizó la Iberia del Cáucaso, y que luego él o sus descendientes llegaron hasta la Iberia al Sur de los Pirineos, ya pasando primero a Irlanda, isla a quien dieron el nombre de Ibernia, y desde allí viniendo a España directamente. Sobre estos nombres de Iberia e Ibernia, de Ebro y de íberos, dados a diversas comarcas, ríos y pueblos, se ponen varias etimologías. Ya los derivan de “ibha”, que en el idioma de los vedas vale tanto como familia, ya de avara, que en el mismo idioma significa occidente.”

Lo que sí es seguro es que la Iberia Caucásica estuvo poblada desde los tiempos más remotos y que constituyó un reino independiente (con el nombre autóctono de Kartli) desde 302 a.C, hasta caer en poder de los bizantinos, y en 580 d.C. de los persas.