21/9/18

La Serpiente Arco Iris


Los aborígenes australianos llamaban a las figuras antropomorfas que aparecen en estos extraños dibujos con el nombre de Wandjinas, y aseguraban que no habían sido realizadas por sus antepasados, sino por unos seres que descendieron a la Tierra en tiempos remotos.

En la mitología de los aborígenes Australianos, la Serpiente Arco Iris es la deidad creadora de todo lo existente en el universo, dando vida a un espacio vacío, en algunas culturas del territorio australiano es considerada como el creador último.
La Serpiente Arco Iris habita en profundos pozos de agua, recurso vital sobre el cual tiene absoluto control.

Su nombre arco iris, es la identificación obvia de la forma del arco iris y la forma de una serpiente.
La Serpiente Arco Iris es conocida por diferentes nombres en las culturas aborígenes, se la conoce como Borlung por el pueblo Miali, Dhakkan por el Kuli, Kajura por el Ingarda, Goorialla por el Lardil, Kunmanggur por el Murinbata, Ngalyod por el Gunwinggu, Numereji por el Kakadu, Taipan por el Wikmunkan, Tulloun por el Mitakoodi, Wagyl por el Noongar, Wanamangura por el Talainji, y Witij por el Yolngu. Otros nombres incluyen Bolung, Galeru, Julunggul, Kenmare, Langal, Myndie, Muit, Ungud, Wollunqua, Wonambi, Wonungar, Worombi, Yero, Yingarna, y Yurlunggur

Según sus leyendas, la Serpiente Arco Iris engendró a los Wandjinas para continuar con el proceso de la Creación.
Los Wandjinas fueron los creadores del mar, de la tierra y de sus habitantes. Sus espíritus vivían en pequeños estanques, y se considera que su poder está relacionado con el agua, de ahí que posteriormente se les consideró espíritus del agua, la lluvia y las nubes. Ellos dieron forma al mundo físico, establecieron sus normas y otorgaron la vida a los seres humanos.
El símbolo de los Wandjinas es la Serpiente Emplumada, como lo es en el caso de Quetzalcoatl, Kukulcán y otros dioses de la antigüedad.

Cuenta una leyenda que durante el Tiempo de Ensueño se libró una cruenta batalla en el monte Uluru, el punto más sagrado de la Australia aborigen, entre los Hombres Serpiente Venenosos y los Hombres Serpiente No Venenosos.
Los aborígenes australianos cuentan que Bulari, la Diosa Madre de la Tierra logró vencer a los Hombres Serpiente Venenosos con una nube de gases letales. Los supervivientes enemigos fueron encerrados hasta el día de hoy bajo el Uluru, actualmente llamado Ayers Rock, una enorme colina de granito que cambia de color durante el día y asombra a cuantos la visitan, por constituir una de las maravillas del mundo mineral.

Se dice que otras batallas se libraron entre el Dios del Sol -que llegó del cielo en una nave- y el Dios de la Tierra en Moon City, la Ciudad Secreta, otro punto sagrado del territorio australiano. Para los aborígenes estos lugares son los restos de ciudades construidas por los Arientas y Luritchas, seres que eran mitad hombre y mitad animal.


17/9/18

La Serpiente de Midgard


En la mitología nórdica, Jormundgander llamada la "Serpiente de Midgard" es un monstruo masculino, una gigantesca serpiente que tiene al dios Loki como padre y a la giganta Angrboda como madre.
Jormundgander creció tanto que mordiéndose la cola podría abrazar toda la Tierra. Se la conoce también por ello en los idiomas escandinavos como "jordens band" (cinta del mundo).

Su nombre aparece con varias grafías alternativas en la literatura nórdica: Jormagund, Jormugand, Jormangund, Jormungandr, Jǫrmungandr y Jörmungandr.
Las variaciones dependen de los criterios utilizados para interpretar las vocales en las runas, así como el deseo de utilizar la ortografía de los lenguajes nórdicos modernos.

La etimología del nombre en nórdico antiguo es jörmun que significa "grande, exaltado, enorme, importante". Esta raíz se encuentra en numerosos nombres propios (p.ej. Ermengarde, Arminius). Gandr o ganðr (relacionada al inglés "wand", bastón o vara flexible, y a "to wind", torcer o doblar, proto-germánico gandaz o wandaz) es un nombre poético masculino que describe un objeto mágicamente poderoso o un ser imbuido con ese poder. El objeto normalmente asociado a gandr es pues una vara. Es el nombre usado a veces para describir el bastón o lanza de Odín; la raíz forma la primera parte de nombres propios conocidos como Gandalv, así jormungandr significa literalmente "el gran bastón", en el sentido de un objeto mágico muy grande y poderoso.

Cuando los Æsir se enteraron de la existencia de este ser maligno y vieron con su don de la adivinación las cosas terribles que haría, decidieron encargarse del monstruo. Odín lo lanzó al mar que rodea Midgard, donde quedará atrapado hasta el Ragnarök, el día de la destrucción total.

El enemigo de Jörmungander era el dios Thor. Destacan tres mitos en los cuales se muestran sus enfrentamientos:

En el primero, Thor se encuentra a la serpiente, la cual ha sido disfrazada como un colosal gato por el rey gigante Útgarða-Loki. Como uno de los trabajos puestos por Útgarða-Loki, Thor debía cargar al gato; como era incapaz de cargar a una criatura tan monstruosa como Jormundgander, se las arregló para levantarlo lo suficiente para separar del suelo una de sus cuatro patas y conseguir moverlo.

El segundo, ocurre cuando Ægir le encomendó a Thor la tarea de buscar una caldera suficientemente grande para preparar bebida para todos, pero ni Thor ni nadie la encontró, hasta que Tyr le informó que Hymer el gigante, su padre, poseía una caldera de una milla de profundidad. Partieron en busca del palacio de Hymer para pedir prestada la caldera. Al ver a Thor, el gigante se enfureció, sin embargo sacrificó tres bueyes para la cena, de los cuales Thor comió dos enteros, y declaró que al día siguiente comerían pescado.
A la mañana siguiente Hymer y Thor salieron a pescar, y se aventuraron en mares demasiado profundos, hasta los dominios de la serpiente de Midgard. Una vez allí, Thor lanzó su caña de pesca y Jörmundgander la agarró, luchando frenéticamente contra su adversario. Mientras el dios lanzaba miradas de odio a la gran serpiente, esta lanzaba mares de veneno.
Hymer, al ver a la gran serpiente, se acobardó y cortó el sedal antes de que el barco naufragara, por lo cual Jormundgander pudo escapar. Al volver al palacio del gigante y dar una prueba más de su fuerza, Thor pudo llevarse la gran caldera.

Su último encuentro ocurre con la llegada del Ragnarök (el destino de los regentes/dioses), cuando Jörmundgander se arrastrará fuera del océano y envenenará los cielos. De sus fauces pululará el veneno y reptará entre el fuego a los pies de los gigantes hasta el lugar donde se encuentra Thor para luchar contra su némesis y aquel que tantas veces la había intentado cazar. Éste la matará y entonces caminará nueve pasos antes de caer muerto víctima del veneno de la serpiente. Esta es la batalla a muerte donde ambos morirán.

Fuente: wikipedia

11/9/18

Los Telequines

En la mitología griega los Telquines eran nueve hermanos, mitad marinos, mitad terrestres, con cabeza de perro, la parte inferior del cuerpo en forma de cola de serpiente o pez, y los dedos de las manos palmeados.
Eran conocidos como niños-peces hijos de Ponto y de Talasa, y fueron junto con sus hermanos, los primeros habitantes de la isla de Rodas, que entonces se llamaba Τελχινίς “Telquinis” en su honor.

Los relatos sobre los telquines son muy pocos y escasos, y en ellos aparecen en tres papeles diferentes:
    1- Como cultivadores de la tierra y ministros de los dioses, y como tales marcharon de Creta a Chipre y de ahí a Rodas, o siguieron desde Rodas a Creta y Beocia. En Rodas fundaron las ciudades de Cámiros, Yáliso y Lindos, donde los telquines fueron llamados Ialysii. En Licia construyeron el templo de Apolo Licio (Άπόλλων Τελχίνιος), aunque este dios ya había sido adorado por ellos en Lindos. En Yaliso y Camiro adoraron a Hera (Ήρα Τελχινία) y Atenea llevó en Teumeso (Beocia) el apellido de Telquinia. Las ninfas también se llaman por ellos Telquinias.
    2- Como hechiceros y envidiosos démones. Se decía que tenían el poder de destruir con sus mismos ojos y aspecto. Tenían el poder de provocar el granizo, la lluvia y la nieve, y de adoptar cualquier forma que quisieran; incluso se decía de ellos que mezclaban agua del Estigia con azufre para poder así destruir animales y plantas.
    3- Como artistas, se decía que habían inventado artes y tradiciones útiles y que habían sido los primeros en fabricar imágenes de los dioses. Trabajaban el latón y el hierro, y fabricaron la hoz con la que Cronos castró a Urano y el tridente de Poseidón, ambas armas ceremoniales. En este sentido se les identificaría con los cíclopes, representantes posteriores de la metalurgia. Este último rasgo en la personalidad de los telquines parece haber sido la razón de que se les haya identificado con los dáctilos ideos o con los daimones proseoous. 

Según cuenta Ovidio, el dios Zeus no les perdonó que manipularan los fenómenos atmosféricos, y acabó con ellos convirtiéndolos en rocas, inundando la isla de Rodas. Otros afirman que Artemisa les avisó del diluvio y lograron huir por mar en distintas direcciones, dejando a su sobrina Rodo como reina de Rodas una vez que la isla reapareció sobre las aguas. Sólo los que habitaban en Yaliso perecieron en la inundación. En su exilio, los telquines consiguieron llegar hasta Beocia, donde fundaron el templo de Atenea en Teumeso; otros llegaron a Creta, siendo los primeros pobladores de la isla. Allí la diosa Rea les confió la tarea de criar a su hijo Poseidón, lo que llevaron a cabo con la ayuda de Cafira, hija de Océano.

Estrabón afirma que Rea los acompañó a Creta desde Rodas, donde nueve de los telquines, conocidos como los Curetes, fueron seleccionados para criar a Zeus. El resto se dispersó por todo el mar Egeo, llevando sus conocimientos sobre metalurgia a lugares tan dispares como Chipre, Sición, Licia y Orcómeno. Sin embargo los dioses no consintieron su intromisión en asuntos divinos. Zeus ahogó a los telquines de Teumeso ordenando un diluvio y Apolo se convirtió en lobo y despedazó a los de Licia, a pesar de que intentaran aplacarle construyéndole el templo de Apolo Licio. Se cree que sólo los que llegaron a Sición lograron sobrevivir, bautizando la ciudad con el nombre de Telchinia.

Los distintos autores difieren en su número y les otorgaban diferentes nombres, conservándose los que siguientes:
Anteo, Argirón (descubridor de la plata), Atabirio, Calcón (descubridor del bronce), Crisón (descubridor del oro), Damnameneo, Damón o Démonax (padre de Dexítea), Escelmis, que junto a su hermano Damnameneo acompañó a Dioniso en su campaña a la India, Hormenio, Lico que construyó en Licia, en las márgenes del río Janto, el templo de Apolo Licio, Megalesio, Milas, Nicón y Simón.
Según algunas fuentes, sus descendientes fueron las diosas Ialisa, Camira y Linda, epónimas de las ciudades Rodias fundadas por ellos.

Los investigadores sugieren que fueron los dioses originales de Rodas, antes de la avalancha de la monocultura griega. En los registros clásicos del periodo posterior a la invasión, los telquines tienden a jugar un importante papel que los vincula con los mitos relacionados con la Atlántida, siendo una raza, familia o tribu de inventores, artistas y magos relacionada con el mar en todas las etapas de su historia (de ahí el que fueran los que criaran a Poseidón). Su asociación a la hechicería podría devenir de la envidia que suscitaban entre otros artesanos a los que superaban en habilidad.


5/9/18

El culto Glykon


El culto del dios-serpiente Glykon fue creado a mediados del siglo II d.C. por el profeta griego Alejandro de Abonuteicos, en el Ponto, actual Inebolu (Turquía).
Inebolu inicialmente se llamaba Ionopolis, dada su ubicación jónica, con el tiempo el nombre se metamorfoseó en Inepolis y luego en Inebolu.

Alejandro de Abonuteicos fue un taumaturgo griego de Asia Menor que vivió en la época del emperador Marco Aurelio. Alejandro se autoproclamó profeta de su dios serpiente Glykon. Tuvo que reunir muchos archivos para los que se emitieron oráculos, respuestas por escrito e interpretadas por exégetas. Por cada oráculo se cobraba un dracma y dos óbolos y llegó a hacerse inmensamente rico.

En Roma logró que cambiaran el nombre de su ciudad por Ionopolis (ciudad de la serpiente), en honor de Glykon. Antonino Pío rebautizó la ciudad de su culto, Abonuteicos, como Ionopolis. Durante los eventos de Antonino Pío, Caracalla y Maximino el Tracio, se acuñaron las monedas cuyo motivo era la serpiente que daba oráculos. El culto siguió después de la muerte de Alejandro pero ya sin el oráculo.

El escritor Luciano de Samosata (120-190 d.C.) en su trabajo titulado “Alejandro o El Falso Profeta”, contaba que Alejandro llevó a esa ciudad un huevo de serpiente tomado de Macedonia y creó el nacimiento de un dios con esta forma. Luciano, quien proporciona la única referencia literaria sobre esta deidad, afirma que Glykon fue creada a mediados del siglo II por Alejandro de Abonuteicos, a quien él llamaba el "monje-oráculo" como un fraude, y decía que Glykon era supuestamente una marioneta.

El culto se originó probablemente en Macedonia, donde los cultos similares hacia serpientes habían existido durante siglos. Los macedonios creían que las serpientes tenían los poderes mágicos relacionados con la fertilidad y tenían una rica mitología sobre el tema, por ejemplo la historia de la inseminación de Olimpia por Zeus disfrazado de serpiente.
Inicialmente, el culto no adoró a una abstracción o un espíritu de una culebra sino a una serpiente real, física, de la que se decía que corporeizaba al dios. De acuerdo con la mitología del culto, sería una nueva encarnación de Asclepio.
Cuando la gente se reunía por la noche en el mercado de Abonuteicos, se suponía que tenía lugar la encarnación, Alejandro abría un huevo de oca, revelando la presencia del dios en su interior. En una semana, Glykon creció hasta el tamaño de un hombre con cabeza de león y pelo largo rubio. La figura que se corresponde con esta descripción era por lo visto una marioneta que aparecía en el templo. En algunas referencias, Glykon era una serpiente amaestrada con una cabeza de marioneta.

Como ocurría en anteriores cultos macedonios y helenos a las serpientes, el objeto del culto en el templo estaba en la fertilidad. Las mujeres estériles le llevaban ofrendas a Glykon con la esperanza de volverse fértiles. Se creía también que era el dios de la protección contra la peste. El culto de Glykon se había difundido más allá del ámbito egeo. Una inscripción de Antioquia de esa fecha registra un dicho: "Glykon nos protege de la peste", "Phoebus de largas trenzas disipará la nube de peste", que coincide con la descripción que tenemos de Luciano.
También el gobernador de Asia, Publius Mummius Sisenna Rutilianus, se declaró protector del oráculo de Glykon, y más tarde el gobernador se casaría con la hija de Alejandro.
Según Luciano, otro gobernador romano de Capadocia, fue guiado por el oráculo de Glykon a su muerte en Armenia, e incluso el mismo Emperador no fue inmune al culto, Marco Aurelio solicitó profecías de Alejandro y su dios-serpiente.
El culto de Glykon se extendió en la vasta área entre el Danubio y el Éufrates. Empezando tardíamente en el reinado de Antonino Pío y continuando en el siglo III, las monedas romanas oficiales fueron acuñadas en honor de Glykon, lo que atestigua su popularidad.
Aunque el culto perdió todos los seguidores por la muerte de su líder hacia el año 170, perduró por lo menos unos años más, incorporándose a Alejandro en la mitología como nieto de Asclepio.

Algunas evidencias indican que el culto aún existía en el siglo IV. Determinadas supersticiones residuales originadas alrededor del culto a Glykon, han sido detectadas en la actualidad por algunos investigadores. A comienzos de los 70, unos cazadores fueron alertados sobre una serpiente mágica en las colinas próximas a Inebolu el nombre moderno de Ionópolis, y el escritor ocultista Alan Moore se declaró devoto de Glykon.

Fuente: La serpiente en el mundo antiguo - Ana María Vázquez Hoys, Boletín de la Asociación de Amigos de la Arqueología nº14, Madrid.

26/8/18

Rito dei Serpari - Cocullo (Italia)


Cocullo es un municipio situado en el territorio de la Provincia de L'Aquila en Abruzos (Italia), conocido por su singular fiesta patronal, llamada “Festa dei Serpari”, en la que la estatua del santo patrón Domenico di Sora es portada en procesión cubierta de serpientes (culebras de cuatro rayas, esculápicas, de collar y verdiamarillas).

Los "serparis" locales (criadores de serpientes), llevan a los reptiles en la procesión y luego son liberados en los bosques circundantes al final de la festividad, que se celebra cada primero de mayo desde 2.012 (antes era cada primer jueves de mayo).
Es un evento receptivo para miles de visitantes italianos y extranjeros. En 2.009 fue cancelado debido a algunos daños estructurales ocurridos en la aldea después del terremoto de L'Aquila.

Las compañías peregrinas de aquellos lugares donde el culto del santo es más profundo son Lazio, Molise y Campania.

Cocullo constituyó para el poder de Roma, el último bastión militar del Lazio como afirma el historiador Estrabón. El lugar, con sus áreas vecinas, fue asentamiento de los servicios logísticos del ejército romano comprometido con la conquista de Corfinium.
Con su estancia prolongada, los romanos introdujeron sus costumbres y tradiciones paganas, una de estas tradiciones consistía, a principios de la primavera, en el rito de las serpientes vivas a la diosa Angitia. Esta costumbre permaneció arraigada incluso en el período en que nació San Domenico. Después de los muchos milagros extraordinarios operados por el santo liberando a las gentes de picaduras de víboras y serpientes venenosas, la costumbre pagana fue transformada en un rito de homenaje religioso católico a San Domenico.

Esta tradición, presente también en el simbolismo del escudo de Cocullo, sustituyó el antiguo ritual mitológico romano de Angitia, una diosa serpiente adorada por los Marsos.

Angitia (también Angizia, Angita o Anguita) era Diosa de los marsos, los pelignos y otros pueblos osco-umbros del centro de Italia. En la antigüedad fue asociada a los encantadores de serpientes, que la reclamaban como su antepasada.
Es un personaje proveniente de la mitología griega, cuando Medea huía de Atenas, se refugió en Italia y fue conocida como Angitia. Enseñó a los nativos a encantar serpientes y les instruyó para curar las mordeduras. Como las serpientes se asocian a menudo con las artes curativas de la antigüedad, se cree que Angitia era principalmente una diosa de la curación. Tenía poderes de brujería, magia y medicina. También se le atribuían poderes sobre las serpientes, incluido matar a las serpientes con un toque.

Los Marsos (Marsi) era un pueblo de Italia central que vivía en el entorno del Lago Fucino. Tenía al este a los pelignos, al norte a los sabinos y vestinos, y al oeste y al sur a los ecuos, hérnicos y volscos. Eran de origen sabino y estaban emparentados con los marrucinos, pelignos y vestinos.
Aparecen en la Historia en 340 a. C., cuando eran aliados de Roma, igual que los pelignos, y concedieron paso a los romanos hacia el Samnio y Campania. En la segunda guerra samnita permanecieron neutrales (311 a.C.) cuando sus aliados vestinos fueron atacados por el ejército romano, pero en el año 308 a.C. ya estaban en guerra con Roma, sin que sean conocidas las causas de su participación.

En 304 a.C., los marsos, marrucinos, vestinos y pelignos, concertaron un tratado con Roma después de la derrota de los ecuos. En 301 a.C., los marsos se rebelaron para oponerse a la fundación de la colonia de Carseoli en el límite de su territorio, pero fueron derrotados, y las tres ciudades de Plestina, Milionia y Fresilia, fueron conquistadas por los romanos. Los romanos se vieron obligados a firmar la paz y a ceder una parte de su territorio. Las condiciones del tratado fueron bastante aceptables y desde entonces fueron aliados de Roma y proveyeron contingentes auxiliares a los ejércitos romanos.

En 225 a.C. Polibio sitúa a los marsos, marrucinos, vestinos y frentanos como un conjunto y omite a los pelignos.
Dionisio de Halicarnaso menciona a los marrucinos, pelignos y frentanos como aliados de los romanos en la Batalla de Asculum, pero no nombra a los marsos ni a los vestinos.
Silio Itálico dice que fueron aliados de Roma en la Batalla de Cannas. Ennio les asocia con los pelignos y los vestinos.
Su territorio fue asolado por Aníbal en la segunda guerra púnica, pero permanecieron leales a Roma y participaron con un contingente en la expedición de Escipión a África en 205 a.C.
En la guerra social formaron el núcleo central de los confederados italianos, por lo que muchos autores dan a la guerra social el nombre de guerra mársica.
Quinto Popedio Silo, uno de los narradores de la guerra, era marso. Después de los picentinos, los marsos tomaron las armas y fueron secundados por los pelignos, marrucinos, vestinos, frentanos, samnitas y lucanos.

Los marsos asediaron Alba Fucens (91 a.C.), colonia romana y fortaleza, pero el cónsul Publio Rutilio Lupo fue enviado allí y los rechazó (90 a.C.).
En los años siguientes, los marsos desaparecieron como nación de la Historia. A pesar de ello, aún durante un tiempo dejaron marcado su carácter en la zona. Fueron incluidos en la tribu romana Sergia. En tiempos de Augusto quedaron dentro de la cuarta región y más tarde en la provincia llamada Valeria.
Su territorio, tenía en época cristiana un obispo con sede en Marruvium (Episcopus Marsorum), que en el siglo XVI se trasladó a Pescina. La familia romana de los Colonna lleva el título de Condes de los Marsos.

Característica de los marsos, aparte de su valentía en combate, mencionada por algunos autores, creían en la magia y en los encantamientos, concretamente en el de los reptiles venenosos para hacerlos inofensivos, facultad que decían derivaba por ser descendientes de la hechicera Circe o de la divinidad local Angitia supuesta hermana de Circe. Estas facultades no eran individuales, sino que eran comunes a toda la nación según Silio Itálico.
La principal ciudad de los marsos fue Marruvium, probablemente la única que era realmente una ciudad. Se nombran otras que debían ser pequeños vicus o castillos. Plinio el Viejo menciona Anxantia o Anxantini, Antinum (habitada por los antinates), y Lucus (habitada por los lucenses) más propiamente Lucus Angitiae (moderna Luco dei Marsi).

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19/8/18

Diosa Sirona


Sirona en la mitología celta, era una diosa de las sanaciones asociada con las aguas termales. Sus atributos eran las Serpientes y los huevos, a veces lleva uvas, granos o frutas en sus manos. A veces se la representa junto a Borvo que es el dios termal más importante de la Galia, y como dios sanador se compara a Borvo con el dios griego Apolo.

Adorada principalmente en el Este de la Galia central y a lo largo del limes danubiano, por los réveros en el valle del Mosela. La difusión de Sirona, tanto epigráfica como en representación escultórica, se concentra principalmente en la Galia central, hasta las líneas germanas, y a lo largo del limes del Danubio hasta el Este de Budapest. También se ha encontrado alguna evidencia en Aquitania, Bretaña y en Italia, pero no se ha encontrado ninguna en Britannia, Hispania, o en cualquiera otra provincia romana.
Su nombre, asociado con el dios Apolo se encuentra en Lorena, en la Sainte Fontaine de la comuna de Freyming-Merlebach en Mosela o en la antigua fuente de Graux (Vosgos). También se asoció con Apolo en Luxeuil-les-Bains, en una dedicatoria en un altar de piedra arenisca blanca que se encontraba en el jardín del edificio termal.

Belenus, también conocido como Belinus, Belenos o Belanus, es un dios en la mitología celta, asociado como compañero a la diosa Sirona.
Belenus significa brillante, resplandeciente y designaba a un dios de la Luz, el Sol y el Fuego, Belenus era el nombre tanto irlandés como galo y astur. Las Baltené eran una de las grandes fiestas irlandesas que se celebraban el 1 de mayo y provenían del culto a esta divinidad. En Asturias su nombre ha quedado reflejado en la toponimia local, en el concejo de Ponga se encuentra la localidad de Beleño, cuyo nombre deriva del dios celta.
Asímismo fue conocido con otros nombres como: Grannios y Borno de la celtia continental - Balor y Beltayne de la celtia irlandesa - Beli y Balor de los celtas galeses - Bel y Belenos de los celtas de la isla de Mann - Bile y Belenos de los celtas escoceses.

Belenos fue confundido con otros dioses como Borvo. En la mitología céltica gala, Borvo (conocido también con las grafías Bormo, Boramus o Borvoni) es un dios sanador, asociado al agua. El nombre se descompone en berw (caliente, ardiente, hirviente) y von (fuente), el sentido es «agua hirviente». Se le conoce por inscripciones de la época galorromana.

El teónimo Borvo aparece en cierto número de topónimos como La Bourboule, Bourbonne-les-Bains, Bourbon-l'Archambault, Bourbon-Lancy y Barbotan-les-Thermes en Francia, así como Burtscheid y Worms en Alemania.
El número de estos topónimos atestigua la difusión e importancia del culto consagrado a esta divinidad de las fuentes termales. Su paredra es Damona cuyo nombre significa «Gran vaca» (también se la llama Bormana), el paredra significa "que está sentado al lado", describe una deidad, a veces de menor categoría, que está asociada a la adoración de un dios o una diosa más influyentes. También se usa para indicar al consorte de la deidad, que puede ser de igual rango.

Borvo era el dios tutelar de los Boyos (griego Βόϊοι), es el nombre romano de una tribu de la Edad del Hierro ubicada al principio de su historia en la Europa central, quizás en las regiones que aún conservan su nombre: Baviera y Bohemia.
Los historiadores griegos y romanos de finales de la República romana los consideraban una tribu gala o celta, de un grupo étnico europeo más amplio. Las inscripciones en diversas ubicaciones indican que hablaron idiomas de la familia céltica, aunque la lengua específica de los boyos, se desconoce. Aparecen por vez primera en la historia en relación con la invasión gala del norte de Italia, 390 a.C., que desplazó a algunos etruscos en el valle del río Po. Tras una serie de guerras en que fueron derrotados por los romanos, se convirtieron en parte de la provincia de la Galia Cisalpina (norte de Italia).

Los boyos y otros celtas de la región del Danubio pudieron haber formado parte de la invasión celta de Grecia un siglo después de la invasión de Italia. Fueron derrotados, pero no antes de haberse asentado en Anatolia central, región que pasó a ser conocida como Galacia. Dos siglos más tarde Julio César documentó el último desplazamiento de los boyos de la región del Danubio por los Suevos germanos, la pérdida de la mayor parte de su población en batallas contra los romanos y la dispersión de los supervivientes entre otras tribus; en época del Imperio Romano se habían asimilado a las culturas dominantes en sus regiones. La estructura tribal fue reemplazada por un gobierno tipo monárquico o imperial, y los boyos desaparecieron en todo salvo en nombres y tradiciones locales que perduraron algún tiempo.

De los diferentes nombres de pueblos celtas en la literatura e inscripciones, es posible abstraer un lexema del céltico continental boio-. Hay dos derivados principales de este lexema en las lenguas celtas, ambas suponiendo que pertenezca a la familia de lenguas indoeuropeas: vaca y guerrero. Los boyos serían «pueblo del ganado» o «pueblo guerrero».
En una referencia a los primeros boyos históricos, Polibio relata que su riqueza estaba formada por ganado y oro, que dependían de la agricultura y de la guerra, y que el rango de un hombre dependía del número de compañeros y siervos que tenía. Los segundos eran, presumiblemente, los ambouii, en oposición al hombre de rango, que era bouvios, un ganadero, y los bouii eran originariamente una clase, "los ganaderos".

Palabras contemporáneas derivadas incluyen Boiorix rey de los boyos, uno de los jefes de los cimbrios y Boiodurum, puerta/fuerte de los boyos, moderna Passau en Alemania. Su memoria también perdura en los nombres regionales modernos de Bohemia, una forma mixta de boio y protogermánico haimoz "casa" casa de los boyos, y Bayern, Baviera, que deriva de la tribu germánica Baiovarii (germ. baio-warioz: el primer componente se explica como una versión germánica de Boii; la segunda parte es un morfema formacional de nombres tribales germánicos, que quiere decir 'moradores', esta combinación "boyos-moradores" puede haber significado "aquellos que viven donde anteriormente estuvieron los boyos"). 


15/8/18

Maia y Maju (El culebro)


Mari, también llamada Maia (máya), era la diosa suprema de la antigua religión vasca, su símbolo cósmico era el Sol y su representación gráfica el disco solar llamado Lauburu. El lauburu puede variar de número de brazos pero el más extendido y conocido por todos los vascos es el de cuatro que forma una cruz. Los discos solares con alguna que otra modificación pueden encontrarse en todas las culturas euroasiáticas antiguas, desde la Península Ibérica hasta Alaska y en antiguas civilizaciones de América.

Mari tenía un compañero que se llamaba Sugaar "Serpiente Macho", se tradujo al romance medieval como "Culebro", que también era conocido con el nombre de Maju (máyu). El parecido entre el nombre de Maju y Maia, denota que Maju o Sugaar no eran más que la representación masculina de Mari, por lo que se expresaba de esta forma, que todo ser provenía y formaba parte de la naturaleza de Mari.
Mari, toma formas zoomórficas en sus moradas subterráneas (toro, carnero, macho-cabrío, caballo, serpiente, buitre, etc.) y forma humana fuera de ellas; una de estas es la de una mujer esbelta y bella, de largos cabellos, ataviada con una túnica roja que le llega a los pies, con una cinta de oro en la frente, sosteniendo un castillo de oro en su mano derecha y enroscado al rededor de sus piernas un herensuge (erénsugué; el dragón), sobre el que se alza la figura de Mari.
Sus moradas subterráneas se encuentran en los montes más altos del País Vasco (Anboto-ambóto, Oitz-óyts, Txindoki-chindóki...). Cambia de morada cada siete años y se convierte en una hoz de fuego que surca el firmamento generando un gran estruendo a su paso.

A diferencia del papel menor asignado a las diosas en las mitologías indoeuropeas patriarcales, Mari es la figura central de la cosmovisión pre-indoeuropea vasca, todos los demás seres y divinidades están supeditados a ella.
Además Mari también puede aparecer en formas muy diferentes, como un fenómeno atmosférico (tormenta, viento), como una sacerdotisa (sorgin) vinculada a espacios sagrados determinados (manantiales, cuevas o montañas), como un árbol, como una roca, etc. El sentido de estas metamorfosis y de su multi apariencia está en el hecho de que Mari no es ajena a la creación (como los trascendentes Dioses indoeuropeos y semitas), sino que ella misma es la creación, por tanto, todos los seres y fenómenos naturales no son más que distintas expresiones de una misma realidad: de Mari.

Esta religión contaba con una trinidad integrada por Mari y sus dos hijos Atarrabi (atárrabí; la representación del bien) y Mikelats (míkelách; la representación del mal), de los que surgían el resto de númenes y espíritus tanto benévolos como malévolos.
Las leyendas en torno a Mari, son común a un lado y a otro de los Pirineos. En estas leyendas quedan restos de antiguos dioses como Ortzi (órtsi; similar al Thor escandinavo) con sus variantes Urtzi (úrtsi), Ost, Ortz (orts), Egu (égu), In o Inko (ínko), que están presentes en la raíz de los nombres de los días de la semana vasca como Ostegun, día del cielo; jueves, o eguen (egú-en, jueves en vizcaíno) y de accidentes meteorológicos como por ejemplo inar (iñár; rayo de luz, chispa), inusturi (íñústurí; trueno), inontz (iñónts; rocío), ortziri (ortsíri; trueno) u osti (ósti; tormenta), entre otros. Un culto al cielo, ya que este es el significado del nombre Ortzi y sus variantes, de claro origen indoeuropeo e introducido en las tribus vascas posiblemente por los Celtas.

Antiguamente los vascos sólo disponían en su calendario de dos estaciones: Negua (negú-a; invierno) y Uda (úda; verano).
Udazkena (udáskená; "el final del verano"; otoño) y Udaberria (udáberri-á; "el nuevo verano", primavera) son estaciones que se añadieron posteriormente por influencia indoeuropea.

La semana vasca o Aste (áste; "comienzo de la lunación") regida por el ciclo lunar, comprendía inicialmente sólo tres días:
-Astelehena (astélééna; el primer día de la semana, lunes).
-Asteartea (astéárte-á; el día de la mitad de la semana, martes).
-Asteazkena (astéáskená; el último día de la semana, miércoles).

A esta semana vasca primigenia, por influencia indoeuropea se le añadió otros cuatro días:
-Osteguna (ostéguná; proveniente de: ost [cielo] + egu [égu; luz diurna], día de la luz diurna del firmamento, jueves).
-Ostirala (ostíralá; proveniente de: ost [cielo] + irargi [irárgui; variante de ilargi, luna], el día de la luna del firmamento, viernes).
-Larunbata (larúnbatá; proveniente de: lauren bat [láuren bat; cuarto de luna], el día de la media luna, sábado).
-Igandea (igándeá; el día del plenilunio, domingo).

Si bien durante la baja Edad Media la religión oficial ya era la cristiana, las dos religiones siguieron conviviendo dándose un proceso de mestizaje análogo al ocurrido en otras partes de Europa, en donde el culto cristiano se fue enriqueciendo con los ritos locales precristianos.
Es común ver en las lápidas de los cementerios del País Vasco que en lugar de utilizarse cruces cristianas, se siga con la costumbre de esculpir en las lápidas el lauburu, siguiendo de esta forma el rito antiguo de la religión de Mari.

Las zonas vascas que quedaban más aisladas de las autoridades eclesiásticas siguieron practicando abiertamente ritos como el Akelarre (akélarré; Campo del Macho Cabrío) en los que se rendía culto al macho cabrío, una de las representaciones zoomórficas de la diosa Mari.

El Akerbeltz (aker [ákerr; macho cabrío] + beltz [belts; negro]; macho cabrío de color negro), según las antiguas tradiciones, ahuyentaba los malos espíritus, las enfermedades y era símbolo de fertilidad. Hoy en muchos caseríos del País Vasco, siguiendo la tradición, entre los animales de la cuadra se dispone de un akerbeltz.
Fruto del desconocimiento de estos ritos y costumbres, dado su origen foráneo, y también por la necesidad de hacer desaparecer esta religión, las autoridades eclesiásticas de aquellas épocas asociaron los Akelarres con ritos de adoración a Satanás, ya que en la iconografía cristiana se asociaba este animal con el culto al diablo.


8/8/18

La Serpiente en la Península Ibérica

En Burgos, en el capitel románico de la iglesia de Teza, se ven un par de serpientes mamando de los pechos de una mujer desnuda.

La presencia de la serpiente en la simbología antigua de la Península ibérica, la encontramos como en todo el Mediterráneo, en todas sus culturas.
Este animal no es extraño en los cultos mistéricos, se encuentra ampliamente representado en todo el panorama religioso peninsular, tanto prerromano como romano, indígena, tartésico, celta, etc., tiene un valor muy amplio, una significación muy compleja y variada, tanto en Oriente, donde la conocemos en época histórica ya desde el IV milenio en Irán y Elam, como en Egipto, donde representa el poder de los faraones y su capacidad de repeler a los enemigos, colocada en la corona real, o tomando esta forma diferentes dioses y diosas, como Renenutet, Wadjet o Isis Thermoutis.

Son numerosas las serpientes que encontramos en la Península Ibérica, representadas en cuevas prehistóricas, en petroglifos gallegos, en joyas y vasos tartésicos, e incluso en esculturas de Despeñaperros, hoy en el Museo de Jaén, en cerámicas ibéricas como las de Liria, en la llamada Ara de la Salud de Cartagena, y en aras como las de Ampurias y Sevilla. Aparece en la cerámica de Elche unida a la representación femenina llamada “Potnia Théron”. 
Esta diosa ibérica contestana, se supone que fue adorada en el Levante peninsular, siendo más tarde asimilada por una deidad púnica, tal vez Tanit.

La presencia de la serpiente, puede detectar también un tipo de divinidad masculina sanadora, un tipo de Eshmun púnico que más tarde conoceremos como el Asclepio griego o el Esculapio romano. 
Divinidad que puede estar relacionada con hallazgos en el Levante hispano, como el ara de la Salud de Cartagena, y la Cueva Negra de Fortuna en Murcia, en cuyos versos se cita a la serpiente, cuya relación es probable, dada su proximidad geográfica. Esta cueva estuvo relacionada posiblemente con el culto a una divinidad sanadora ibicenco-púnica tipo Eshmun-Esculapio.
Aparece en todas las culturas antiguas peninsulares. Se supone que su valor es positivo y apotropaico, pues es un animal del que se creía que renacía cada año, como los dioses de la vegetación, con los que a veces se la relaciona.

La serpiente encontrada en la Península Ibérica está relacionada con diferentes divinidades, aunque nunca adorada por sí misma, por lo que no se puede considerar ofiolatría. Ha sido en Oriente y en Egipto donde hemos encontrado dioses y diosas en forma de serpiente, es decir "ofiolatría".

No encontramos en época clásica ni en Grecia, ni en Roma signos de adoración a la serpiente, sino la presencia de esta como animal que a veces, representa a un dios, como en el caso de Zeus Meilichios o el Agathodaimon o Buen espíritu, pero otras veces acompaña simplemente a la divinidad, expresando unas cualidades divinas, como puede ser su relación con la salud y con el mundo subterráneo, la fertilidad, posiblemente también con el poder curativo de las aguas de los manantiales termales. Y es también profética, por su relación con el más allá está muy ligada al mundo de la magia.
Al utilizar el término "serpiente" como "la que liga" se une la magia de la palabra con la derivada de la figura y de los poderes mágicos de la serpiente, con lo que la magia es más poderosa. La serpiente se convierte así en una "cuerda viviente", un vínculo viviente como viene específicamente definido en el Atharva Veda 14,3 (India).

Transmisora de conocimiento y sabiduría, la serpiente adopta multiplicidad de representaciones artísticas, desde la mujer celta-romana que amamanta niños, la mujer o sirena que amamanta serpientes del románico, hasta la iconografía alquimista, renacentista o sacra del barroco, donde "el bautismo de leche" entroncará decididamente, con el ensalzamiento de la transmisión del Conocimiento.
En esta talla, un par de serpientes mamando de los pechos de una mujer desnuda cuya cabeza está cubierta con toca medieval, se mantiene hieráticamente erguida mientras las serpientes que se nutren de sus senos rodean su cuerpo. La mujer sitúa sus manos sobre el vientre y con su derecha señala una peculiar espiral perfectamente trazada que parece tener su núcleo en el ombligo. Dos simétricos pájaros permanecen estáticos sobre cada una de las serpientes.

En la Iglesia de Santa María La Real de Sangüesa, Navarra, se puede ver una serpiente mamando de un pecho de una mujer, y del otro, lo que parece ser una rana.

El cruce de varias simbologías asociadas durante siglos a la escena de amamantamiento nos transporta en su migración cultural, desde la Gran Madre nutriente y dadora de vida, hasta la visión tormentosa para quienes cometen o inducen al pecado mediante el uso de dichos atributos femeninos.
El intercambio de imágenes entre unas y otras culturas, conlleva a una "cultura de imágenes". Las leyendas existen en muchos países del mundo: Centroamérica, México, Argentina, Perú, Alemania, Italia, etc. etc.

Continuará...

30/7/18

El Onphalo de Zeus (II)

El ónfalo representa el Huevo Cósmico, del que nace Ofión según la cosmología órfica.

El carácter iniciático del viaje al Oráculo, quedaba remarcado por el hecho de que los viajeros se dirigían al lugar donde se hallaba el onphalo, el “ombligo del mundo”. 
Una vez llegados a las puertas del santuario, lo primero que veían los peregrinos era el recinto sagrado de Marmaria, donde se encontraba el templo de Atenea, del que hoy apenas quedan unas ruinas, entre las que destacan las hermosas columnas del tholos o templo circular. Después se accedía a la fuente Castalia, con cuyas aguas era preciso purificarse antes de consultar al oráculo, cosa que hacían no sólo los fieles, sino también los sacerdotes y la propia Pitia.

Tras la limpieza ritual se accedía al santuario propiamente dicho, y se recorría la vía pítica, salpicada por los distintos tesoros de Delfos, ofrecidos por atenienses, sifnio o sicionios en honor a Apolo. A continuación, y como paso previo a la consulta, se procedía al sacrificio de un cordero. Éste era rociado con agua fría, y si temblaba de pies a cabeza se interpretaba que el dios accedía al sacrificio. El momento cumbre del proceso, la consulta al oráculo, tenía lugar en el interior del templo de Apolo, el lugar más sagrado e imponente del santuario, del que hoy sólo quedan ruinas.
En su interior, en un misterioso recinto denominado ádyton –del que apenas se poseen datos–, se refugiaba la Pitia para entrar en trance y hablar en nombre del dios. En aquel recinto, auténtico sancta sanctorum del templo, se custodiaban hojas de laurel, la piedra sagrada u onphalos que marcaba el centro del mundo, y el trípode o trono sobre el que se sentaba la sacerdotisa para realizar el vaticinio.
Aunque el consultante accedía al ádyton, en ningún momento podía ver a la Pitonisa, oculta tras algún tipo de estructura, y tampoco podía plantear su pregunta directamente, sino que debía plantearla a través de los sacerdotes o prophetai. A continuación, y de una forma todavía no aclarada, la sacerdotisa entraba en trance, recibiendo la “inspiración” de Apolo y recitando unas palabras apenas inteligibles que debían ser interpretadas por los sacerdotes. La respuesta, siempre ambigua, lo que permitía acertar más fácilmente, era anotada en el libro de los oráculos, y entregada al consultante.

En las primeras etapas del santuario, las consultas al oráculo de Apolo se realizaban siempre el séptimo día del mes de Bysios –cumpleaños del dios–, pero con el paso del tiempo y el aumento de popularidad, se ampliaron a todos los días siete de cada mes, con excepción de los tres meses de invierno. Esta última circunstancia se debía a que, según el mito, en ese tiempo Apolo abandonaba el santuario, que quedaba bajo la custodia de Dionisio, cuya tumba estaba supuestamente en Delfos.
Otro de los puntos oscuros sobre el santuario se refiere a las propias adivinas. Entre los pocos detalles que se poseen sobre ellas destaca el hecho de que fueran generalmente mujeres de unos cincuenta años, simples campesinas que hasta el momento de ser escogidas para tan importante papel habían desarrollado una vida normal, incluso contando con una familia. Sin embargo, todo cambiaba una vez que resultaba elegida por Apolo para servir de instrumento a sus profecías. Entonces debía abandonar a esposo e hijos y recluirse para siempre en una vivienda situada en el interior del santuario.
Los historiadores han logrado determinar que en el momento de su mayor apogeo, Delfos contó con tres sacerdotisas que ejercían la labor de forma simultánea.

Con el final de las Guerras Médicas llegó también el fin de la independencia política del santuario, que a partir de entonces pasó de forma sucesiva a estar controlado por distintas ciudades-estado, y finalmente de Roma.
Aquel fue el comienzo de la decadencia de un enclave sagrado que había atraído durante siglos la atención de reyes y mandatarios, tanto griegos como extranjeros, que acudían al oráculo en busca de respuestas a cuestiones trascendentes.
En el siglo II d.C., con el emperador Adriano en el poder de Roma se produjo un último intento por revitalizar el oráculo de Delfos. Pero aquel esfuerzo fue poco más que un espejismo. A finales del siglo IV otro emperador romano, el cristiano Teodosio, ordenó clausurar las celebraciones paganas. Terminaban así más de mil años de esplendor, durante los cuales aquel rincón recóndito e imponente de Grecia había sido el centro del mundo clásico, inspirando a fieles, políticos, reyes y emperadores respecto a cuestiones que cambiaron para siempre el rumbo de la Historia.

En el año 2.012 se llevaron a cabo los trabajos de limpieza del ónfalo ateniense hallado en el siglo XIX durante las excavaciones de Kyriakos Mylonas. Completadas las labores de saneamiento, apareció una losa de mármol que escondía una abertura, la aparición de esta piedra motivó una investigación posterior.

El ónfalo fue levantado de forma segura con la ayuda de una grúa. Lo que surgió fue un pozo circular en el que se repetía más de veinte veces la frase ΕΛΘΕ ΜΟΙ Ω ΠΑΙΑΝ ΦΕΡΩΝ ΤΟ ΜΑΝΤΕΙΟΝ ΑΛΗΘΕC: “Ven a mí, oh Peán, portando el oráculo verdadero”. Peán es uno de los epítetos que designan a Apolo.
                                                                   Apolo

Este descubrimiento tiene gran importancia ya que por primera vez se ha descubierto un antiguo oráculo que estaba justo en el centro de Atenas, ningún indicio hacía pensar que Atenas hubiera tenido un centro de adivinación.