29/8/16

Historia de la Atlántida (III)

Cuarto.
Ninguna cosa parece haber sorprendido más a los primeros aventureros españoles en México y en el Perú, que la extraordinaria semejanza de las creencias, ritos y emblemas religiosos que allí encontraron establecidos, con los del Viejo Continente.
Los sacerdotes españoles consideraron esta semejanza como obra del diablo. La adoración de la cruz por los naturales, y su constante presencia así en los edificios religiosos, como en las ceremonias, fue el motivo principal de su asombro; ya la verdad, en ninguna parte, ni siquiera en la India y en Egipto, fue este símbolo tenido en mayor veneración que entre las tribus primitivas del continente americano, siendo la misma la significación que encerraba su culto.
En Occidente, como en Oriente, la cruz era el símbolo de la vida: a veces de la vida física; con más frecuencia, de la vida eterna.
Del mismo modo era universal en ambos hemisferios la adoración del disco del solo círculo y de la serpiente, y aún más sorprendente es la semejanza de la palabra que significa “Dios” en los principales idiomas orientales y occidentales. Compárese el Dyaus o Dyaus-Pitar, sánscritos; el Theos y Zeus, griegos; el Deus y Júpiter, latinos; el Día y Ta, celtas (el último pronunciado Zia, y al parecer afin al Tau egipcio); el Jah o Zrh judíos, y, últimamente el Teo o Zeo mexicanos.

Todas las naciones practicaban ritos bautismales. En Babilonia y Egipto los candidatos a la iniciación en los misterios eran primeramente bautizados.
Tertuliano, en su tratado De Baptismo, dice que se les prometía como consecuencia «la regeneración y el perdón de todos sus perjurios».
Las naciones escandinavas bautizaban a los recién nacidos; y si pasamos a México y al Perú, encontraremos el bautismo de los niños como ceremonia solemne, consistente en aspersiones de agua, aplicación de la señal de la cruz y recitación de plegarias para limpiarles de pecado (Mexican Researches, de Humbolt, y Mexico, de Prescott).
Además del bautismo, las tribus de México, de la América Central y del Perú se parecían a las naciones del Viejo Mundo por sus ritos de la confesión, la absolución, el ayuno y el matrimonio con la unión de manos ante el sacerdote.
Tenían también una ceremonia semejante a la comunión, en que se consumía una pasta de harina, marcada con la Tau (forma egipcia de la cruz), y a la que el pueblo llamaba la carne de su Dios. Ésta, a manera de hostia, guardaba exacto parecido con las tortas sagradas de Egipto y de otras naciones orientales. También, a semejanza de estas naciones, los pueblos del Nuevo Continente tenían órdenes monásticas, así de hombres como de mujeres, donde se castigaba con la muerte el quebrantamiento de los votos.
Embalsamaban los cadáveres al modo de los egipcios, y adoraban al sol, la luna y los planetas, pero por cima de todo tributaban culto a una divinidad «Omnipresente, Omnisciente... invisible, incorpórea, un Dios de toda perfección ». (Historia de Nueva España, de Sahagún, libro VI).

Tenían también su Diosa Virgen y madre, «Nuestra Señora», cuyo hijo, el «Señor de Luz» , era llamado, «el Salvador», correspondiendo exactamente a Isis Beltis y las demás diosas vírgenes de Oriente, con sus hijos divinos.
Los ritos de su culto al sol y al fuego, tenían íntimo parecido con los de los primitivos celtas de la Gran Bretaña e Irlanda, y como éstos se creían «hijos del Sol».

El arca o argha fue uno de los símbolos sagrados universales, encontrando así en la India, Caldea, Asiria, Egipto y Grecia, como entre los pueblos celtas.
Lord Kingsborough, en su obra Mexican Antiquities (volumen VIII, pág. 250), dice: «Así como entre los judíos el arca era una especie de altar portátil en que suponían continuamente presente la divinidad, así también los mejicanos, los cheroques y los indios de Michoacan y de Honduras profesaban la mayor veneración a un arca, teniéndola por objeto demasiado sagrado para que pudiese tocarla alguien que no fuese sacerdote».

Por lo que respecta a la arquitectura religiosa, vemos que en los dos lados del Atlántico fue la Pirámide una de las primeras construcciones sagradas. Aun siendo dudoso el empleo a que estos monumentos fueron destinados en su origen, es positivo, sin embargo, que estaban íntimamente relacionados con las ideas religiosas. La identidad de su traza, ya en Egipto, ya en México, o en la América Central, es demasiado chocante para que se le considere como mera coincidencia. La verdad es que algunas de las pirámides americanas, el mayor número son de la forma truncada o aplanada; sin embargo, según Bancroft y otros, muchas de las encontradas en Yucatán, y particularmente las próximas a Palenque, acaban en punta, a la manera egipcia, mientras que hay también en Egipto pirámides del tipo escalonado y aplanado. Cholula ha sido comparada a los grupos de Dachour Sakkara y a la pirámide escalonada de Medourn. Asimismo la orientación la estructura y hasta las galerías y cámaras interiores de estos misteriosos monumentos de Oriente y Occidente, atestiguan que sus constructores se inspiraron al trazarlos en una idea común.
Las grandes ruinas de las ciudades y templos del Yucatán, y aun de todo Méjico, tienen una extraña semejanza con las de Egipto, habiéndose comparado muchas veces las ruinas de Teotihuacan con las de Karnak.
El «falso arco» formado por hileras de piedras horizontales que resaltan ligeramente una de otra, se encuentra construído del mismo modo en la América Central, en los más antiguos edificios de Grecia y en los restos etruscos.
Los constructores de túmulos, así en uno como en otro continente, los hacían similares y colocaban dentro de ellos los cadáveres en idénticos sarcófagos de piedra. Ambos hemisferios tienen también sus grandes montículos espirales; compárese el de Adams Co (Ohio) con el acabado montículo espiral descubierto en Argyleshire, o con el ejemplar menos perfecto de Avebury en Wilts. El tallado y decorado de los templos de América, de Egipto y de la India, tienen mucho de común, y algunas de las decoraciones murales son completamente idénticas.

Quinto.
Sólo nos resta dar un breve resumen de las noticias sacadas de escritores antiguos, de tradiciones de razas primitivas y de las leyendas arcaicas del diluvio.
Eliano, en su Varia historia (lib. III, cap. XVIII), declara que Theopompo (400 años antes de la Era cristiana) daba noticia de una entrevista del Rey de Frigia y Sileno, en que el último hizo referencia a un gran continente más allá del Atlántico, de mayor extensión que Asia, Europa y Libia juntas.
Prodo hace una cita de un antiguo escritor relativa a las islas del mar que está al otro lado de las columnas de Hércules (Estrecho de Gibraltar), y dice que los habitantes de una de ellas tenían la tradición de una isla muy extensa llamada Atlántida, que por mucho tiempo dominó sobre las demás de aquel Océano. Marcelo habla de siete islas del Atlántico cuyos habitantes conservan memoria de otra isla mucho mayor, la Atlántida, «que durante un largo período ejerció soberanía sobre las pequeñas».
Diodoro Siculo refiere que los fenicios descubrieron «una gran isla en el Océano Atlántico, más allá de las columnas de Hércules, a algunos días de navegación de la costa de Africa» .
Pero la mayor autoridad en el asunto es la de Platón. En el Timeo alude a la isla continente; mas el Critias o Atlántico viene a ser la relación detallada de la historia, artes, usos y costumbres de aquel pueblo.
En el Timeo hace referencia a «un inmenso poder guerrero que, lanzándose desde el mar Atlántico, se extendió con furia por toda Europa y Asia. Pues por este tiempo aquel Océano era navegable y había en él una isla frente a la embocadura que llamáis columnas de Hércules. Pero esta isla era más grande que la Libia y el Asia juntas, y daba fácil acceso a otras islas vecinas, siendo igualmente fácil pasar de estas últimas a todos los continentes que baña el mar Atlántico» .
Es tanto el valor del Critias, que no se sabe qué escoger en él. Pero tiene especial interés el siguiente párrafo, por referirse a los recursos materiales de aquel país: «Estaban igualmente provistos así en su ciudad como en cualquier otro punto, de todo lo apetecible para los usos de la vida. Se surtían ciertamente de muchas cosas en otras comarcas, por razón de ser extenso su imperio; pero la isla les suministraba la mayor parte de lo que necesitaban. En primer lugar, sacaban de sus minas los metales y los fundían; y el oricaldo que hoy rara vez se menciona, era entre ellos muy celebrado; se sacaba de la tierra en muchas partes de la isla, y se le consideraba como el más precioso de todos los metales, excepto el oro. La isla producía también, en abundancia, maderas de construcción.
Había asimismo sobrados pastos para animales domésticos y selváticos. Existía un prodigioso número de elefantes, pues los pastos eran bastantes a regalar cuanto en lagos, ríos, llanuras y montañas se alimenta. Y de la misma manera había suficiente sustento para la más extensa y más voraz especie de animales. Además de esto, cuanto al presente produce la tierra de oloroso, raíces, yerbas, maderas, jugos, gomas, flores o frutos, todo lo producía la isla y lo producía bien».

Los galos tenían tradiciones de la Atlántida, las cuales fueron recogidas por el historiador romano Timógenes, que vivió en el siglo anterior a Cristo.
Tres pueblos de apariencia distinta habitaban las Galias. Primeramente la población indígena (restos probables de la raza lemura); en segundo lugar, los invasores que procedían de la lejana isla Atlántida, y últimamente los ario-galos (véase Pre-adamites, página 380).

Los toltecas de México se consideraban oriundos de un país llamado Atlan o Aztlan; los aztecas también remontaban su origen a Aztlan (véase Native Races de Bancroft, vol. V, págs, 221 y 321).
El Popul Vuh (pág. 294) habla de una visita que tres hijos del Rey de Quiches hicieron a una tierra «al Este, a orillas del mar, de la cual sus padres habían venido», y de donde aquellos trajeron, entre otras cosas, «un sistema de escritura» (véase también Bancroft, vol. V, pág. 553).
Existe entre los indios de la América del Norte, muy difundida, una leyenda sobre la procedencia de sus antepasados de una tierra «hacia el nacimiento del sol».
Los indios Jowas y Dakotas, según afirma el mayor J. Lind, creían que «todas las tribus indias formaban antiguamente una sola, y que vivieron juntas en una isla... hacia el nacimiento del sol».
Desde allí cruzaron el mar en enormes piraguas, a las cuales los antiguos Dakotas navegaron semanas enteras, ganando al fin la tierra.
Declaran los libros de la América Central, que una parte de aquel continente se extendía mar adentro en el Océano, y que esta región fue destruida por una serie de espantosos cataclismos sucedidos a largos intervalos, de tres de los cuales hacen frecuente referencia (Véase Ancient América, de Waldwin, pág. 176).

Es curiosa la confirmación de esta creencia por la leyenda de los celtas de Bretaña, que presentaba a su país extendiéndose antiguamente por el Atlántico, y luego destruido. Tres catástrofes se mencionan en las tradiciones de Gales.

De la divinidad mexicana, Quetzalcoatl se creía que vino del “lejano Oriente”. Se le representaba como un hombre blanco de luenga barba (nótese que los indios americanos no tienen barba). Este Dios les enseñó la escritura y reguló el calendario mexicano.
Después de haberles aleccionado en las artes pacificas se embarcó de nuevo en dirección al Este en una canoa de piel de serpiente (véase North American of Antiquity de Short, págs. 268 y 271). La misma historia se hacía de Zamna, civilizador del Yucatán.

Sólo queda por tratar la maravillosa uniformidad de las leyendas del diluvio en todas las partes del mundo. Que aquellas sean versiones arcaicas de la historia de la perdida Atlántida y de su hundimiento, o ecos de una gran alegoría cósmica, un tiempo enseñada y tenida en veneración en algún centro común, desde el cual se difundiera a todos los confines del mundo.
Basta para nuestro objeto mostrar la aceptación universal de estas leyendas. Ocioso seria repetir las historias del diluvio una por una; es suficiente decir que en la India, en Caldea, Babilonia, Media, Grecia, Escandinavia y China, así como entre judíos y celtas, la leyenda es completamente idéntica en todo lo esencial.

Los hechos expuestos no son fruto de presunciones o conjeturas, sino que han sido sacados de anales contemporáneos, formados y transmitidos a través de las edades. Los anales auténticos están a disposición de los investigadores debidamente calificados y aquellos que se hallen dispuestos a adquirir la enseñanza necesaria, pueden comprobarlos y cotejarlos. Entre los documentos hay mapas del mundo en diversos períodos de su historia, representan a la Atlántida y tierras circunvecinas en diferentes épocas de su historia. Estas épocas corresponden aproximadamente a los períodos comprendidos entre las catástrofes dichas, y dentro de estos períodos, representados por cuatro mapas, se agrupan los acontecimientos de la raza atlante.

Extracto: Historia de los Atlantes - W. Scott Elliot

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