3/6/11

Agujeros Blancos

En 2006, se registró la emisión de un rayo gamma de origen desconocido, en los 102 segundos de duración que tuvo sólo podía haberse originado a partir de la explosión de una Supernova, pero no había ninguna en la zona de origen. Ahora se contempla la posibilidad de que hayamos estado frente a un agujero blanco sin darnos cuenta. Parece que en realidad este rayo provenía del nacimiento de un agujero blanco que estaba arrojando materia para luego colapsarse en una fugaz implosión.

El Agujero Blanco es un nuevo estadio de la evolución de la vida en la Tierra, que acontece tan pronto como la densidad de la comunicación rebasa un cierto umbral.
Su formación representa la transformación más importante de todas cuantas ha sufrido la vida desde su aparición en el planeta.

La impresión es que hay realmente mucha comunicación danzando frenéticamente sobre la Tierra. La verdad es que la densidad de la información que se intercambia es extremadamente alta en este planeta. Hay tanta comunicación fluyendo por aquí, y se está haciendo tan densa que podría representarse como una especie de «agujero negro» de índole inmaterial. Podemos llamarlo «agujero blanco», porque tiene visos de ser la antítesis de un agujero negro.

Frente a este panorama, da la impresión de que lo que está ocurriendo en la Tierra no es un fenómeno común. Por lo que conocemos del cosmos, sabemos que el florecimiento de la Vida no es algo que se dé ni con frecuencia ni con facilidad. Necesita de un caldo de cultivo peculiar. No es habitual que en los cuerpos celestes se produzca un proceso de acumulación de comunicación como el que se está produciendo aquí.
Sin entrar en especulaciones sobre la posibilidad de que haya en marcha procesos semejantes en otros lugares del universo, el caso es que algo muy especial podría estar fraguándose  en este rincón de la Vía Láctea.

La comunicación se propaga, a través de soportes físicos: un neurotransmisor, un nervio, un flujo de fotones, una vibración electromagnética, un cable. Pero eso no es la comunicación. La superficie de un disco duro está magnetizada, pero ese efecto físico no es, en sí mismo, una porción de información, como tampoco lo es la tinta que se esparce sobre un papel, ni los electrones que se estrellan sobre la pantalla de un monitor. La comunicación es un fenómeno que se produce en otro plano distinto de estos efectos físicos. Es de naturaleza no material y pertenece al dominio de la realidad intangible.

A principios del siglo XXI nos encontraríamos en el trance de dejar atrás la fórmula de las sociedades post-industriales y de empezar a construir las sociedades de transformación. Es difícil definir cuanto tiempo será necesario para construir ese tipo de sociedades y cual será su duración.

Las consideraciones realizadas sobre los rasgos más específicos de la condición humana constituyen un pequeño inventario de características de la auto-organización, cuando alcanza una fase relativamente avanzada. Todas esas características se han ido acentuando a lo largo de la historia de la biosfera, de tal manera que son tendencias que arrancan desde hace centenares de millones de años. Durante todo ese tiempo no han perdido su resolución, ni se han torcido, sino que se han reafirmado, acentuado y acelerado. 

ANATOMÍA DE LA CRUELDAD
La insensibilidad es una precondición de la crueldad. En realidad, la crueldad se basa en la incapacidad de aquel que la ejerce para percatarse del drama de su víctima. La presa es, ante todo, un objeto de deseo, un motivo de ira, pero nunca un sujeto en el que se reconocen emociones y angustias que valen tanto como las propias. Para ejercer la crueldad se requiere considerar que las emociones de la víctima valen menos y es tanto más fácil si se logra creer que no valen nada.
En esta ausencia de empatía, hay una especie de incomunicación emocional y en ello puede verse que la crueldad es una carencia o un desarreglo de la comunicación. Es por este motivo que la crueldad no siempre es necesariamente culposa, la falta de piedad de un depredador que siega la vida de su presa es una crueldad inocente, como lo es la de los niños que se ensañan con un compañero de juegos.
La culpabilidad se relaciona con la capacidad de percatarse de la magnitud del dolor infligido. Entre humanos, sin embargo, hay sujetos que encuentran excitación y regocijo precisamente en la contemplación del dolor de la víctima. Aquí habría que reconocer una ausencia de inocencia, una crueldad más maligna e intencionada.
El hecho de que algunos humanos sean capaces de ensañarse deliberadamente pone aparentemente en entredicho la teoría de que la crueldad resulta de una deficiencia de la comunicación. Sin embargo, aún en esos casos, el dolor de la víctima es una fuente de excitación y de ceguera, y no un motivo de lucidez sobre la verdadera tragedia. La identificación con la emoción de víctima continúa ausente y en la conciencia del agresor, cuando hay algo, sólo hay un espectáculo de dolor que sirve para enardecerlo todavía más.
En todas las transacciones en las que alguien sufre una pérdida, sin encontrar a cambio compensación alguna, aparece la misma ausencia o malformación de la comunicación.
Desde un punto de vista económico, lo más importante es que tanto la depredación como el parasitismo y la necrosis no crean nada. En la depredación y en el parasitismo sólo hay una mera traslación de recursos. En la necrosis hay una pérdida neta.
En la depredación la perspectiva del botín obscurece cualquier otra consideración. En las relaciones parasitarias, el parásito se aferra a su anfitrión tanto como puede, puesto que en ello va el mantenimiento de su modus vivendi. En las relaciones necróticas el placer perverso del quebranto del otro y de la propia destrucción lo anegan todo.
Sólo la simbiosis crea algo que antes no existía y lo agrega al conjunto. Esta observación tiene validez general y se puede aplicar a todas las formas de interacción. Tanto si hablamos de transacciones de masa biológica, como si hablamos de dinero, de conocimiento o de energía vital. Solo las interacciones de naturaleza simbiótica agregan algo al conjunto. Las otras modalidades de intercambio podrán beneficiar temporalmente a alguien, pero no generan nada que no existiera antes, de una forma o de otra.

LA EXPLOSIÓN SIMBIÓTICA
No va a haber acceso a las sociedades posteriores a la transformación sin la erradicación previa del parasitismo, la depredación y la necrosis. Así como los primeros organismos unicelulares con núcleo no hubieran sido posibles hace 1.800 millones de años sin un enriquecimiento previo de la atmósfera con oxígeno, tampoco podrán emerger las formas de auto-organización avanzadas en un ambiente simbiótico pobre. Un nivel mínimo de simbiosis es el oxígeno que se necesita para que florezcan las formas de auto-organización que son propias de las sociedades posteriores a la transformación.


La puerta de las sociedades posteriores se abre con un cambio de conciencia. Una de las partes más críticas de ese cambio es el abandono de los modelos de depredación.
El acceso a las sociedades de transformación, por lo que hace a la erradicación de la depredación y el parasitismo, no ha de depender exclusivamente  de las leyes y del funcionamiento de la justicia. Requiere de una transformación interior que debe realizarse en los pliegues más íntimos de la conciencia de cada cual. Esta necesidad se acentúa todavía mucho más en las inmediaciones de las puertas de acceso a las sociedades posteriores.
Las personas deben abstenerse de esos juegos, no porque puedan ser perseguidas, o porque no están en posición de perpetrarlos. Lo que debe detenerlas es la convicción íntima de que las relaciones simbióticas, a la larga, son más beneficiosas para ellas mismas.
Los modelos de la depredación, la necrosis y el parasitismo se pueden abandonar si uno lograr creer que las relaciones simbióticas pueden proporcionar un mayor confort emocional y, al mismo tiempo, procurar ventajas prácticas concretas. 

El despliegue de la auto-organización, en formas muy avanzadas, requiere mucha energía. Solo un grado suficientemente de simbiosis puede aportar todo el empuje necesario.

Pasajes extraídos del libro  El Agujero Blanco de Josep Burcet

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